Bowman
en El espacio de David Bowman
Las corridas de toros ya no tienen sentido, Elenita.
Lo tuvieron. Hace mucho.
Hoy están fuera de sitio, ya lo sé. Son un anacronismo y desaparecerán en nada: en pocos años, como yo mismo.
Tan cierto (salvo milagro, pero no soi experto en milagros) como que estoi escribiendo esto.
Añadiré que, aún así, nadie tiene un motivo serio, sólido y suficiente para prohibirlas AHORA. El más socorrido -el sufrimiento y los derechos de los animales- se basa en una moralidad tan fantasiosa y acomodaticia que se queda en moralina pudibunda. Los bichos NO tienen derechos. Por definición. Porque NO son personas (por más que dé una pena horrible verlos sufrir). La Fiesta es cruel, pero compararla con la ablación (que es una violencia contra las personas) es una ofensa (más) a las personas violentadas.
Un animal no es ÚNICO, no tiene conciencia, no sabe qué es la muerte, no distingue entre él y el resto del mundo (ni siquiera sabe que hay un 'él' y un 'resto del mundo'), y no tiene afectos ni amores.
Si el dolor humano es insoportable para quién lo padece no es por físico: es por conciencia de finitud, de soledad y de desamparo, es por añoranza, inquietud, desazón y desarraigo, es por el miedo a la suerte de los que ama. Un animal, jamía, no experimenta semejantes sensaciones, seamos serios. Un animal no es libre: está limitado y condicionado por respuestas 'estandard' a los estímulos. No 'crea' el mundo. No reflexiona ni abstrae y sus posibilidades de aprendizaje, por tanto, son muy limitadas.
Un animal es uno más, otro más, y no es una persona concreta y determinada con nombres, con apellidos y con una concepción del mundo. ESA persona y no otra diferente.
Por eso infligir dolor a otro ser humano es insoportable e inaceptable. La lapidación de las adúlteras, la extirpación del clitoris o las ostias en comisaría son hechos, sencillamente, injustos. Carentes de derecho. Y hay un buen motivo: cada ser humano es único e irrepetible, tiene reconocido derecho a seguir siéndolo y NADIE a negarle ese derecho. NADIE.
El sufrimiento de los animales, en cambio, podrá ser más o menos desagradable (la lenta agonía de los peces, el degollamiento del cerdo, la cría de bichos para aprovechar la piel o la muerte en masa de miles de corderos) pero no es inaceptable ni injusto. La Justicia es otra cosa. Fría, ciega y nada proclive al sentimentalismo buenista. Ni a dar pábulo a una concepción del mundo que parece extraída del catálogo ideológico de Disney (ay, no, que no tenemos ideología -¡qué ordinariez!- somos apolíticos y hacemos el bien por definición: sí o sí).
Y si se diera el caso de que los animales tuvieran derechos y fuera intolerable su sufrimiento (como se pretende) no se comprende bien por qué se han de prohibir sólo las corridas de toros y no la matanza del cerdo, la caza, enjaular canarios, usar cobayas y toda una porción de bestialidades tenidas por normales. Hasta hoy.
¿O no?
Fíjate, querida Hélène, que al llegar a este punto suele argumentarse la utilidad de la matanza (del cerdo, digo) o de la experimentación (con cobayas), lo cual es de un cinismo enternecedor. O semos o no semos: si maltratar y hacer sufrir a un bicho es malo, es malo.
Y ya está.
Sea para dar espectáculo, sea para dar proteínas.
Pues no, ya ves tú: resulta que SÓLO es crimen hacerlo ‘GRATUITAMENTE’, ‘por placer’ y sin más objeto que ‘dar espectáculo público’. Encima son los ignaros de los animalistas los que deciden el verdadero objeto -la finalidad- que tienen las cosas. Y la moralidad de ese objeto (o su carencia). ¡Como los obispos, nena! ¿Eh? ¿Qué te parece? Criar visones para hacer abrigos, por ejemplo, no tiene objeto (moralmente aceptable, al menos). Criar toros para lidiarlos en público, tampoco. Criar cerdos para hacer jamones, en cambio, sí y es, por tanto, lícito.
Curiosa moral la de estos amantes de la ‘felicidad’ animal dispuestos a identificar 'el Mal' (que ya lo han ‘identificado’: el sufrimiento’ de los bichos) a extirparlo y a construir sobre sus ruinas el reino de dios en la tierra.
El de los buenos.
Así empiezan los fundamentalismos puritanos: imponiendo certezas y prohibiendo ‘El Mal’.
El Poder es la clave. Prohibir falsedades e imponer certezas (y mira que yo tengo unas cuantas) está chupado (si tienes Poder para ello, claro). No sé si sabes quién fue Savonarola. Sí, vale: un chulillo imbécil, sobrado y con mucho apoyo popular, para resumir. Con Poder, vamos. Con mucho Poder, como tío Adolfo H, que tampoco tuvo poco y aún con todo ese apoyo metió la gamba hasta la ingle. Hasta aquí, vida mía.
Bueno, que te voi a contar que no sepas.
Ya lo dijo Salomón: ‘coma mierda, cien mil moscas no pueden equivocarse’.
Si el gran argumento ‘científico’ para acabar con La Fiesta -ese milagro- es el de que treinta millones de ciegos niegan el sol porque no pueden verlo, hacemos un pan como unas obleas.
Por éstas.
Derecho tendrán a acabar con la Fiesta de los Toros (y hasta con el turrón de jijona, si les da por ahí), pero mi visión es que se equivocan de medio a medio como se equivocaron los talibanes dinamitando los Budas gigantes de Bamiyán. No porque la Fiesta de los Toros sea una obra de arte (polémica en la que no entro) sino porq es, sencilamente, un legado del tiempo, un patrimonio inmaterial y, desde luego, un auténtico milagro.
Sí, la Fiesta es un milagro, no te rías: que en el siglo XXI se sigan ‘corriendo los toros’ más o menos como en el siglo XV es, antes que ninguna otra cosa, un milagro. Una rareza. Una reliquia del pasado, para que lo entiendas. No, no: no exagero. Para nada. Una ceremonia ritual. Un residuo. Un regalo del azar. Una cápsula de tiempo. Una celebración -fosilizada, eso sí- más complicada que un espectáculo (deportivo, circense o, simplemente, mediático).
Arqueología inmaterial.
Lo esencial es invisible a los ojos
Yo no sé si hace falta estómago -o qué hace falta- para ver la ‘tortura’ de un bicho. Para empezar, supongo que talento para ver más allá y atisbar lo que hay detrás de todo ese espanto objetivo (pero nunca caprichoso ni gratuto ni sin sentido, ojo).
Claro que el talento, por lo que parece, está poco repartido.
Lo esencial es invisible a los ojos -ya sabes, Hélène- así que para verlo hay que usar las orejas, las uñas o el corazón. Y, desde luego, el talento, que se le va a hacer, ma belle. Sin talento, te recuerdo, empiezas confundiendo un bicho con una persona y acabas en cueros, pintado de rojo y tirado en una acera participando en un happening gore. Walt Disney hizo -y hace aún- mucho daño con su simplicadora y pornográfica moralina ‘middle class’ (que no deja de ser también tribal, si a ello vamos).
La Fiesta de los Toros es una barbaridad, sí. Y más cosas, también.
Un capricho, jamás.
Nadie dijo un día, 'esta tarde pa entretenernos metemos un torete en la plaza del pueblo, le damos unos capotazos, le hacemos putaditas y pasamos el rato. Y, de paso, lo mismo sacamos unas pesetas'.
La Fiesta es un rito (no hagan risas, gracias ¿alguien sabe lo que es un rito?) y no un simple espectáculo, más o menos entretenido, aunque haya adoptado esa fórmula ‘legal’.
Un rito -tal vez salvaje- llegado directamente de tiempos más recios y duros que estos. Tal vez del mismo Neolítico, así, tal cual. Y en todo caso -honestamente te lo digo, ma petite- un rito llegado de tiempos más francos (que no franceses). Entonces la Naturaleza era una amenaza (y no un parque natural) y la vida, una condena (y no un parque temático).
La Fiesta de los Toros testimonia fehacientemente esa visión. Lo que hoy podemos ver en una corrida es la decantación en unas dos horas de una serie de delicadas y peligrosas labores de trasteo con los toros que, sin nadie proponérselo, han terminado representando la rueda de la vida y de la muerte.
Y ese es la clave, Princesita del Olimpo Parisino. Representación.
Métetela en la cabeza y no la olvides.
Ahora ¿por qué -o cómo- la corrida terminó representando la rueda de la vida y de la muerte?
La única explicación que se me ocurre es la pura 'aclamación popular', la identificación de la gente, no sé bien en qué momento (ni siquiera si hubo un momento y no una sucesión de ellos).
No, no, mujer: nadie con nombre y apellidos lo decidió, hazte cuenta. En todo caso, lo decidieron la gente y el tiempo entremezclados, poco a poco. Es decir, fue la gente quien, espontáneamente, identificó ese trasteo (el que, para defenderse, efectuaban los peones de brega, los subalternos de los caballeritos que alanceaban toros) con la rueda espeluznante en la que todos laboramos (y nos la jugamos) cada día de nuestra vida más allá del círculo de albero.
Todos, de algún modo, somos toreros.
Y cuando el matador triunfa de verdad sobre el bicho, somos todos los que triunfamos con él haciéndonos la ilusión de que lo incontrolable se puede controlar y conjurar.
El peligro, la aleatoriedad, la enfermedad, las acechanzas y, en fin, la muerte son dominados, siquiera sea una vez, por el oficiante. Y vencidos.
Esto es así, no porque lo diga Bowman, sino porque se experimenta en las propias carnes con las dudas y aciertos que experimenta allí abajo, en el redondel, el matador jugándosela a lo largo de su faena, desafío breve -visto en tiempo de reloj- pero eterno en la ejecución. Y, lo juro, en su percepción.
La vida en un hilo. Y el tiempo, suspendido. Literalmente. Y no es literatura.
Es así.
El toreo es una habilidad inútil (en el sentido que es útil, que sé yo, la fontanería) desarrollada durante siglos de ejercicio -de peón de brega en peón de brega, de generación en generación siempre bajo la aclamación de la gente- y cuyo dominio exige técnica rigurosa y, de manera muuuuuy especial, un valor y un control sobre las propias emociones que a veces ha parecido sobrenatural.
O Arte.
A nuestros tatarabuelos debió parecerles lo primero. Y a nuestros abuelos, lo segundo. A pies juntillas. Enfrentarse a un agresivo bicharraco de media tonelada sin más arma, instrumento ni protección que la capa (el abrigo en realidad) parece cosa de brujería. En las corridas de verdad no hay trampa ni cartón y el matador lleva (si puede, que no siempre) el toro (o lo que sea) 'por donde el toro no quiere ir'. La seguridad, la soltura y el temple que exhiba al conseguir llevarlo (o no), así como su dominio de las técnicas legadas por los Maestros desde los tiempos, por lo menos, del inmortal Pepe Illo (junto con la casta y cualidades exhibidos por la bestia) son los que generan esa emoción tan especial, intensa y difícil de describir sin metáforas (metáforas que después tanta risa dan a algunos que sólo creen en realidades virtuales e icónicas).
Hoy que todo el conocimiento es realidad virtual e icónica, la televisión, el reino de la iconografía instantánea y de la inmediatez ‘objetiva’ (aunque sea a miles de kilómetros) habría hecho imposible el Mito de la Fiesta... que por eso, precisamente, debe desaparecer, a mi juicio (aunque no sé como hacerlo: dejándola morir, supongo).
Y es que antes no había nada más cierto que lo que sucedía una sola vez en mitad de la arena y a la vista de todos... de todos los que asistían a aquella comunión, claro. La Hora de la Verdad. Sólo quedaba inscrito en su memoria y si no habías estado, no lo habías visto y ya está. Estabas fuera del suceso: de El Suceso (cuasi mágico) que todos contaban. Todos lo habían visto, ergo era innegable. Una ceremonia real de verdad, compleja, antigua y que -eso sí- sigue viviendo hoy, extrañamente amojamada, en un tiempo y en una época que ya no son los suyos.
Lo mismo igual ha desaparecido ya (la Fiesta de los Toros) y las obstinadas corridas que todavía se siguen celebrando son sólo fantasmas de la Fiesta, estertores de agonía, el final.
Y es que en el mundo de la multiplicación de imágenes (de gran calidad además), en el mundo de la CNN, de la intelnés y de la camarita digital (hasta mi madre hace fotos, y eso que es ciega) los toros ya no tienen sentido. Aunque mucha gente se empecine en que sí.
La música callada del toreo
Don José Bergamín, un español (a su pesar) raro (pero raro de cojones) vio una tarde a Rafael de Paula (en El Puerto, creo). Y como no tenía cámara, registró la faena en la memoria. Después la evocó y le salió 'La música callada del toreo', libro que no es más que una concatención de imágenes verbales que intentan transmitir lo que el fundador de Cruz y Raya (no es broma ni la pareja ésa, sino una revista) experimentó aquella tarde. No sé si lo logró pero Paula, el torero gitano, salió de la Historia del Toreo y entró en la Leyenda.
Absolutamente.
Estoy convencido de que si el ojo idiota de una cámara hubiera grabado aquella faena mítica, hoy Paula no sería Paula. Ni Bergamín habría escrito jamás 'La música callada del toreo' ni nada de nada. Claro que si Alejandro (Magno) se hubiera llevado a su excursión una cámara en vez de un ejemplar de La Iliada y hubiera grabado la destrucción de Babilonia y hubiera imagen de él saludando delante de las ruinas humeantes del palacio de Nabucodonosor, hoy no sería Alejandro El Grande sino Alex, el chico de Felipo. O sea, una especie de marine de opereta, hortera, macarra y cejijunto.
Un excursionista dominguero.
Total, que la Fiesta está muerta (lo mismo que la Guerra: somos los primeros humanos que ya no se tragan aquella estulticia primordial que el clásico codificó como dulce et decorum est pro patria mori, etc, etc) Y todo ello, simplemente, porque se ha muerto la magia. La mataron la televisión, internet y la inmediatez: la precisión, cantidad y calidad de unas imágenes rápidamente distribuidas: instantáneamente. Y que, encima, persisten en el tiempo y están permanentemente disponibles. Ya nadie puede decir aquello que un aficionado le gritó a otro al salir de Las Ventas tras una faena sublime de Curro (Romero, por dios) a un toro del Conde de LaCorte. '¿Lo has visto, no? ¡Pues recuérdalo y no lo olvides porque nunca lo volverás a ver!'
Y es que el éxito secular de La Fiesta de los Toros, bonita mía, ha residido en la fascinación hipnótica que producía en el público el milagro del dominio (cuando se producía). Y esto te lo digo yo y va a misa. Cuando el matador se paraba en su sitio, se acomodaba al bicho templándole la embestida y, finalmente, lo mandaba y se lo traía toreado y pastueño a su propio terreno. Es decir, cuando se hacía con él ¿que me entiendes, amor? Tampoco es tan difícil, creo, aunque seas francesa, vamos, digo yo....
En ese proceso de ‘hacerse con él’, que podía durar un tiempo sin tiempo (¿cinco minutos? ¿diez, como muchísimo?) la plaza entera comulgaba con el matador. Como te lo cuento. Allí abajo, en la arena, se producía en un instante una transformación muy extraña que hay que vivir y que la tele no da, ni antes ni ahora, porque no la capta. La tele y las fotos sólo dan posturitas.
Y 'la verdad' del toreo es otra cosa. En 'la verdad' del toreo participan todos los tendidos, desde la barrera hasta la bandera, como una compacta masa circular que girase en torno a un centro galáctico. Ahí dentro puede durante un instante mascarse la muerte. La muerte, tía, como te lo digo: la Dama Negra con guadaña y todo. Durante un instante la ves, aterrado, aletear entre las piernas del diestro que, literalmente, en esos segundos se la está jugando (la suerte o la muerte). Y así hasta que, de pronto, el toro cambia, entra blandito y entregado en el terreno del matador, la tragedia queda conjurada, la muerte expulsada hasta mejor ocasión y la plaza entera, borracha, se pone de pie hipnotizada: una vez más ha habido milagro. Y la gente sale de la plaza haciéndose lenguas y la nueva corre de boca en boca: cada uno lo ha visto de una forma -según su situacion en la plaza- y todos torean recreando embebidos la suerte, el momento supremo -una trincherilla, un muletazo, unos ayudados- una y otra vez.
Pero hoy lo único que circula son los videos del tubo: mierda en fila india.
Antes, no. Antes, cuando no había tanto video, tanto tubo y tanta chatarra, la poesía era una necesidad vital y oías a gente transfigurada que lo había visto y que te lo contaba encandilada una y otra vez. Y cada uno a su modo. Y todos toreando con excelsos pases un morlaco invisible. Y, claro...
Y, claro, te entraba mono.
Ahora, sin poesía, no hay manera de que te entre mono. El objetivo de una Sony Hifi Fidelity Beta3D -o como coño se llame- lo ve todo pero no entiende nada porque no está programada para tener poesía (y la que tiene es sólida como el bordillo de la acera). Va al grano (hoy todo dios quiere ir al grano y acaba por no ir a ningún lado). La Fiesta ha muerto (y la Iglesia Católica, también, ya que estamos con supersticiones: a ver esos payasos de Gallup si tienen güebos de hacer encuestas sobre la percepción de la Iglesia [Católica] entre el personal, hombre, ¿no te parece, mi vida?)
Total: que me niego a que me prohiban los toros si no prohiben también las misas, las procesiones de Semana Santa, las mezquitas, los picaos de San Vicente (ver google), los animales que intentan matar dibujantes que dibujan al Profeta Muhammad -Dios lo bendiga- los penitentes descalzos, el papa y los sanfermines. ENTEROS.
En fin, que exijo discoteca en La Almudena.
Eso es todo. Y si la Fiesta ha muerto, que descanse en paz.
He dicho.
Y ahora mismo ponte guapa, Hélène, mi vida, que nos vamos a pillar tú y yo una birrita y un croque-monsieur en St Germain y a darnos el paseíto de los clochards y de los estudiantes pobres por los quais de la rive gauche mientras se pone el sol detrás de Nuestra Señora, que hace muy buena tarde, oh, la, la, la, la, bordelle...! Y mientras te contaré como se plantaba Juan Belmonte asomándose al balcón entre los dos puñales. ¿Sabes que el ‘Pasmo’ inventó eso de ‘dejadme solo’? Pues sí, él fue...
Tú eres mi morena
y te llevo a pasear
T voi a dar un beso,
tú me vas a besar...
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domingo, 10 de enero de 2010
lunes, 13 de julio de 2009
Ciudades
Bowman
En el espacio de David Bowman
Numerosas personas en todos los continentes siguen creyendo en dios y también que París existe y que es una ciudad.
Y no.
La ciudad, el entorno urbano en el que sucede nuestra época, no es un lugar físico, sino mental. París, Calcuta, Tokio, Buenos Aires, Barcelona y hasta las conurbaciones Avilés-Oviedo-Gijón y la Portsmouth-Southampton son el escenario físico de millones de vidas, cierto, pero también -y sobre todo- son un espacio en la imaginación. En la imaginación de sus habitantes y en la de millones de personas que no han vivido en ellas nunca ni las han visitado jamás.
No en vano el ‘Titanic’ zarpó de Southampton mientras ‘La Hispaniola’ -con Jim Hawkins y Long John Silver a bordo- lo hacía desde Portsmouth el mismo día y a la misma hora (si es que hay días y horas en la imaginación). Tampoco es en vano que la Vetusta de Anita Ozores sea Oviedo y que Barcelona se resuma tanto en la iniciática ascensión a las torres de la Sagrada Familia como en el avión del Tibidabo. O en la ciudad de los prodigios o en las aventuras de esas dos señoritas que son Vicky y Cristina en una ¿Barcelona imaginaria?
Y es que ciertos críticos de escasas luces han dicho que Woody Allen se inventó una Barcelona inexistente. Pero, bueno ¿por qué va a ser más falsa la fantástica Barcelona imaginada por Woody Allen que esa tan demenciada que les salió a los alcaldes Serra y Maragall cuando imaginaron olímpica su ciudad? ¿Puede alguien creer de verdad que Barcelona sea 'olímpica'? Yo, desde luego, no, pero es innegable que hay quien ve así la ciudad en la que Alonso Quijano recuperó la cordura y un jovencísimo Miguel Cervantes embarcó para Italia. Algunos (encantados de haberse conocido) incluso la ven ‘condal’. O señorial.
Hay tantas ciudades, de hecho, como personas capaces de vivirlas, es decir, de recordarlas.
O de imaginarlas.
Nueva York, por ejemplo, la gran ciudad de nuestro tiempo, puebla los sueños y los mitos de prácticamente todos los habitantes del planeta y es imposible que para todos represente lo mismo y sea para todos la misma ciudad exactamente. Incluso a dos neoyorquinos como el alcalde, Michael Bloomberg, y un tal Joe Parker, bombero en una unidad de Queens, la palabra ‘New-York’ les evoca a buen seguro realidades bien diferentes. Es decir, que ‘New-York’ levanta en cada uno de ellos construcciones mentales muy disímiles.
Total, que la Nueva-York de Michael Bloomberg no tiene nada que ver con la de Joe Parker.
Y si esto es así con Nueva-York ¿que no será con París, la primera ciudad moderna? (con permiso de Londres y, como no, de Roma). Para Hemingway, Paris fue una fiesta mientras que para el gran César Vallejo representaba el lugar de su muerte (‘Me moriré en París con aguacero’, como así fue, ‘un día del cual tengo ya el recuerdo’, profetizó con intensa melancolía).
Un París fotografiado por Storaro también fue el punto de encuentro con la Dama Negra para Paul, el personaje de Brando en ‘El último tango en París’, que cayó asesinado por una jovencita caprichosa y cobardica que quería un piso nada menos que en Passy (el XVIe. arr, donde la mitad de los coches aparcados son de la marca Porsche y la otra mitad, de la marca Jaguar y donde este cura vio paseando por un parque a Donald Sutherland con un chiquillo rubio que uno siempre ha imaginado -la imaginación es tan libre como las mitologías personales- hijo de Kiefer S).
Para Gabriel García Márquez, París se convirtió en el puerto de recalada y acogida en el que por fin pudo escribir sus ‘Cien años de soledad’ y para Picasso, en el lugar donde se encuentra el mítico estudio de los ‘Grands Augustins’ donde nació el ‘Guernica’ y donde -según Balzac- el maestro Frenhofer habría podido pintar su obra maestra desconocida.
Cole Porter imaginó París en primavera (bueno, y en verano y en invierno)
‘I love Paris in the spring time
I love Paris in the fall
I love Paris in the summer when it sizzles
I love Paris in the winter when it drizzles’
y Josep Roth lo convirtió en el escenario de la leyenda del santo bebedor bajo los puentes, exactamente en el mismo lugar -a la vista de la popa de Notre Dame- donde Woody Allen bailó con Goldie Hawn una danza imposible, yo besé por primera vez a una chavala y Billy Wilder hizo salir de las aguas del Sena a Jack Lemmon en ‘Irma La Dulce’.
Luego habrá quien se empeñe en que existe La Verdad y en colocársela a los demás (con un embudo y a tortas, si falta hace). París, en fin, no existe (digan lo que digan la docta geografía y los severos locutores de los telediarios) pero aun así bien vale una misa (o dos, y si son en San Denís, mejor que mejor).
Que reste-t-il de nos amours?
Que reste-t-il de ces beaux jours?
Une photo, vieille photo
de ma jeunesse.....
Que reste-t-il des billets doux,
des mois d' avril, des rendez-vous?
Un souvenir qui me poursuit
sans cesse....
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En el espacio de David Bowman
Numerosas personas en todos los continentes siguen creyendo en dios y también que París existe y que es una ciudad.
Y no.
La ciudad, el entorno urbano en el que sucede nuestra época, no es un lugar físico, sino mental. París, Calcuta, Tokio, Buenos Aires, Barcelona y hasta las conurbaciones Avilés-Oviedo-Gijón y la Portsmouth-Southampton son el escenario físico de millones de vidas, cierto, pero también -y sobre todo- son un espacio en la imaginación. En la imaginación de sus habitantes y en la de millones de personas que no han vivido en ellas nunca ni las han visitado jamás.
No en vano el ‘Titanic’ zarpó de Southampton mientras ‘La Hispaniola’ -con Jim Hawkins y Long John Silver a bordo- lo hacía desde Portsmouth el mismo día y a la misma hora (si es que hay días y horas en la imaginación). Tampoco es en vano que la Vetusta de Anita Ozores sea Oviedo y que Barcelona se resuma tanto en la iniciática ascensión a las torres de la Sagrada Familia como en el avión del Tibidabo. O en la ciudad de los prodigios o en las aventuras de esas dos señoritas que son Vicky y Cristina en una ¿Barcelona imaginaria?
Y es que ciertos críticos de escasas luces han dicho que Woody Allen se inventó una Barcelona inexistente. Pero, bueno ¿por qué va a ser más falsa la fantástica Barcelona imaginada por Woody Allen que esa tan demenciada que les salió a los alcaldes Serra y Maragall cuando imaginaron olímpica su ciudad? ¿Puede alguien creer de verdad que Barcelona sea 'olímpica'? Yo, desde luego, no, pero es innegable que hay quien ve así la ciudad en la que Alonso Quijano recuperó la cordura y un jovencísimo Miguel Cervantes embarcó para Italia. Algunos (encantados de haberse conocido) incluso la ven ‘condal’. O señorial.
Hay tantas ciudades, de hecho, como personas capaces de vivirlas, es decir, de recordarlas.
O de imaginarlas.
Nueva York, por ejemplo, la gran ciudad de nuestro tiempo, puebla los sueños y los mitos de prácticamente todos los habitantes del planeta y es imposible que para todos represente lo mismo y sea para todos la misma ciudad exactamente. Incluso a dos neoyorquinos como el alcalde, Michael Bloomberg, y un tal Joe Parker, bombero en una unidad de Queens, la palabra ‘New-York’ les evoca a buen seguro realidades bien diferentes. Es decir, que ‘New-York’ levanta en cada uno de ellos construcciones mentales muy disímiles.
Total, que la Nueva-York de Michael Bloomberg no tiene nada que ver con la de Joe Parker.
Y si esto es así con Nueva-York ¿que no será con París, la primera ciudad moderna? (con permiso de Londres y, como no, de Roma). Para Hemingway, Paris fue una fiesta mientras que para el gran César Vallejo representaba el lugar de su muerte (‘Me moriré en París con aguacero’, como así fue, ‘un día del cual tengo ya el recuerdo’, profetizó con intensa melancolía).
Un París fotografiado por Storaro también fue el punto de encuentro con la Dama Negra para Paul, el personaje de Brando en ‘El último tango en París’, que cayó asesinado por una jovencita caprichosa y cobardica que quería un piso nada menos que en Passy (el XVIe. arr, donde la mitad de los coches aparcados son de la marca Porsche y la otra mitad, de la marca Jaguar y donde este cura vio paseando por un parque a Donald Sutherland con un chiquillo rubio que uno siempre ha imaginado -la imaginación es tan libre como las mitologías personales- hijo de Kiefer S).
Para Gabriel García Márquez, París se convirtió en el puerto de recalada y acogida en el que por fin pudo escribir sus ‘Cien años de soledad’ y para Picasso, en el lugar donde se encuentra el mítico estudio de los ‘Grands Augustins’ donde nació el ‘Guernica’ y donde -según Balzac- el maestro Frenhofer habría podido pintar su obra maestra desconocida.
Cole Porter imaginó París en primavera (bueno, y en verano y en invierno)
‘I love Paris in the spring time
I love Paris in the fall
I love Paris in the summer when it sizzles
I love Paris in the winter when it drizzles’
y Josep Roth lo convirtió en el escenario de la leyenda del santo bebedor bajo los puentes, exactamente en el mismo lugar -a la vista de la popa de Notre Dame- donde Woody Allen bailó con Goldie Hawn una danza imposible, yo besé por primera vez a una chavala y Billy Wilder hizo salir de las aguas del Sena a Jack Lemmon en ‘Irma La Dulce’.
Luego habrá quien se empeñe en que existe La Verdad y en colocársela a los demás (con un embudo y a tortas, si falta hace). París, en fin, no existe (digan lo que digan la docta geografía y los severos locutores de los telediarios) pero aun así bien vale una misa (o dos, y si son en San Denís, mejor que mejor).
Que reste-t-il de nos amours?
Que reste-t-il de ces beaux jours?
Une photo, vieille photo
de ma jeunesse.....
Que reste-t-il des billets doux,
des mois d' avril, des rendez-vous?
Un souvenir qui me poursuit
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viernes, 3 de julio de 2009
La inexistencia
Bowman
en El espacio de David Bowman
El tiempo es inconcebiblemente salvaje. El tiempo te confunde y termina por hacerte ver lo blanco negro. En cantidad suficiente llega, incluso, a matarte. El tiempo es un tormento y conviene huir de su abrazo. Lamentablemente isn’ t possible, que diría el amigo americano. Es imposible huir de la cuarta dimensión -el tiempo- como es imposible dejar de tener culo, ideología y malos pensamientos.
Cioran, en un libro de aforimos imprescindible, 'Del inconveniente de haber nacido' (*), fabula sobre esta cuestión de renunciar al tiempo (es decir, al existir). De paso, quita a la muerte en general y al suicidio en particular el halo de malditismo legendario que les dieron los románticos. La muerte sólo sería el remate final de la rebaja que es el hecho de nacer. Y el suicidio, otra pavada ególatra del ser humano, tan excesiva como la invención de Dios. Y es que la muerte, impremeditada o suicida, no resuelve el pecado original del nacimiento. La muerte no borra el transcurso -‘la mancha’- que cada nuevo nacimiento traza en el telón pintado del Universo. Como dijo un poeta en ocasión más lírica que ésta ‘lo que ha sucedido no se puede borrar’. O aquella señorita casquivana con ocasión de la entrega de su honra: ‘lo hecho, hecho está’.
Para huir del tiempo cuando ya ha sido conjurado por el nacimiento, es decir, cuando ya está hecho el mal, el ilustre Cioran recomienda la lucidez. Es decir, dedicarse a perderlo (el tiempo) consciente y premeditadamente en grandes cantidades, renunciando a la vanidad de la invención, de la creación, de la procreación y, en general, de toda clase de acción y proacción, sea ésta la que sea.
La lucidez, pues, no sería más que el advenimiento de una suerte de ascesis tendente a evitar seguir manchando el cosmos con la pedantería de la actividad humana, con la fe en uno mismo, con el afán de influir en el devenir, con la vanidad inane de los juicios de valor y con otra serie de majaderías sin pies ni cabeza.
Cioran, que es fantástico, se toma la molestia de poner en pie todo un sistema filosófico de orden moral (extraordinariamente complejo y referido a otros muchos y variados sistemas) para reivindicar, en suma, la vagancia. Siguiendo a Cioran, lo mejor sería no dejar rastro. Evitar toda definición, cualquier calificativo y asumir la situación como viene: sin colgarle una etiqueta.
Es muy oficinesco eso de andar calificando y clasificando las cosas, todas las que suceden, así como todas las personas. Como muy rancio, antiguo y español. Y católico, también. Un auténtico juicio de Dios, esa suerte de demiurgo enloquecido que permite imponer cualquier moral y justificar cualquier cosa. Desde el exterminio genocida de pueblos enteros (‘en el nombre de Dios’) hasta la pena de muerte para un solo individuo (‘que Dios se apiade de su alma’). Y todo ese monumental montaje se ha puesto en pie a lo largo de más de dos mil años de prieta historia occidental a pesar de que Dios, sencillamente, no existe, que es que tiene cojones.
La sociedad humana marcha divinamente sin Él y sin toda la parafernalia de curas, papas, sacramentos, ritos, ceremoniales y demás zarandajas, así como sin la de sus santos sucesores (de los que hablaremos otro día). En resumidas cuentas: sin un inmenso tinglado perfectamente articulado pero más inútil que un legionario romano en el cerco de Stalingrado. Y es que Dios ya no tiene más sentido que expresar una concepción del mundo que se desmigaja sin remedio. Bueno, y ser seña de identidad también -etiqueta, estandarte y símbolo- de una casta social vieja: los tenderos de la Tierra. Esos que sin cortarse un pelo se proclaman ‘creadores de riqueza’. Santos varones.
Al tendero le asusta la indefinición, la ausencia de relojes y que el personal no pase por vicaría. Por eso rehúye la sorpresa y pone etiquetas sin parar a todo lo que se mueve. Pájaro. Tren. Ratón. Sulfito. Cuatro menos cuarto. Mujer. Aparentando seguridad, se mira constantemente en el espejo y formula delirantes definiciones de sí mismo, una tras otra, que es el puto colmo. Yo, yo, yo, yo: un pequeño dios, un demiurgo de barrio, un imbécil acrisolado.
Este mendrugo, harto de mirarse en el espejo, asegura que esa esencia superimportante, hiperpoderosa y preexistente a la que llama Dios se lo ha sacado TODO de la manga, empezando por el mar y las estrellas y acabando por los sarpullidos. Eso incluye a los seres humanos, que esa SuperCosa habría tenido a bien concebir ‘a su imagen y semejanza’, nada menos, toma modestia, y que por eso tenemos que estar todo el día discurriendo chorradas como pequeños diosecillos creadores que, en el fondo, no hacen otra cosa que proseguir la Obra de Dios, o sea, ‘Operación Triunfo’, Las Pirámides de Egipto, los cruceros por el Mediterráneo, la aspirina o la taza de water, que es uno de los inventos más grandes de la Humanidad (como sabe cualquiera que haya tenido que cagar de campo).
Conclusión, que así estamos, llenos de fatuidad, nacionalismo, fallas, gestualidad, arte, orgullo, expresionismo, creatividad, religiosidad, style, municipalismo, ingeniería, fachendosité, fe y, en fin, egoticidad. El ‘yo’ es inevitable pero dar pábulo a sus delirios es manifiestamente grosero. Un ‘star-system’ miserable, exhibicionista, paleto, doméstico, municipal y acretinado.
Cioran, que estimó la discreción como la más grande virtud de estos tiempos, añoró no pasar más desapercibido y glosó los Santos Evangelios bendiciendo a los discretos. ‘Bienaventurados los discretos porque no te darán la paliza’, escribió en un momento de lucidez. Y concluyó con una hermosa jaculatoria. ‘Oh, amada indefinición, a ti me entrego, rendido incondicionalmente a tus pies (o a lo que sean las peanas esas) para siempre’.
Volvamos, pues los ojos a San Ciorán y hagamos del mundo un lugar un poco más abierto, relajado, relajante e indefinido. Para lograrlo basta estarse quieto y no hacer absolutamente nada. Pocos santos, profetas, líderes y demás patulea han prometido tanto a cambio de tan poco. A cambio de quietud. Quietud ante todo. Quietud...
Y ahora, eternidad (que es la consecuencia de la ausencia de tiempo): Modugno. ‘Nel blu di pinto di blu’
(*) Del inconveniente de haber nacido. EM Cioran (Taurus, 1981)
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en El espacio de David Bowman
El tiempo es inconcebiblemente salvaje. El tiempo te confunde y termina por hacerte ver lo blanco negro. En cantidad suficiente llega, incluso, a matarte. El tiempo es un tormento y conviene huir de su abrazo. Lamentablemente isn’ t possible, que diría el amigo americano. Es imposible huir de la cuarta dimensión -el tiempo- como es imposible dejar de tener culo, ideología y malos pensamientos.
Cioran, en un libro de aforimos imprescindible, 'Del inconveniente de haber nacido' (*), fabula sobre esta cuestión de renunciar al tiempo (es decir, al existir). De paso, quita a la muerte en general y al suicidio en particular el halo de malditismo legendario que les dieron los románticos. La muerte sólo sería el remate final de la rebaja que es el hecho de nacer. Y el suicidio, otra pavada ególatra del ser humano, tan excesiva como la invención de Dios. Y es que la muerte, impremeditada o suicida, no resuelve el pecado original del nacimiento. La muerte no borra el transcurso -‘la mancha’- que cada nuevo nacimiento traza en el telón pintado del Universo. Como dijo un poeta en ocasión más lírica que ésta ‘lo que ha sucedido no se puede borrar’. O aquella señorita casquivana con ocasión de la entrega de su honra: ‘lo hecho, hecho está’.
Para huir del tiempo cuando ya ha sido conjurado por el nacimiento, es decir, cuando ya está hecho el mal, el ilustre Cioran recomienda la lucidez. Es decir, dedicarse a perderlo (el tiempo) consciente y premeditadamente en grandes cantidades, renunciando a la vanidad de la invención, de la creación, de la procreación y, en general, de toda clase de acción y proacción, sea ésta la que sea.
La lucidez, pues, no sería más que el advenimiento de una suerte de ascesis tendente a evitar seguir manchando el cosmos con la pedantería de la actividad humana, con la fe en uno mismo, con el afán de influir en el devenir, con la vanidad inane de los juicios de valor y con otra serie de majaderías sin pies ni cabeza.
Cioran, que es fantástico, se toma la molestia de poner en pie todo un sistema filosófico de orden moral (extraordinariamente complejo y referido a otros muchos y variados sistemas) para reivindicar, en suma, la vagancia. Siguiendo a Cioran, lo mejor sería no dejar rastro. Evitar toda definición, cualquier calificativo y asumir la situación como viene: sin colgarle una etiqueta.
Es muy oficinesco eso de andar calificando y clasificando las cosas, todas las que suceden, así como todas las personas. Como muy rancio, antiguo y español. Y católico, también. Un auténtico juicio de Dios, esa suerte de demiurgo enloquecido que permite imponer cualquier moral y justificar cualquier cosa. Desde el exterminio genocida de pueblos enteros (‘en el nombre de Dios’) hasta la pena de muerte para un solo individuo (‘que Dios se apiade de su alma’). Y todo ese monumental montaje se ha puesto en pie a lo largo de más de dos mil años de prieta historia occidental a pesar de que Dios, sencillamente, no existe, que es que tiene cojones.
La sociedad humana marcha divinamente sin Él y sin toda la parafernalia de curas, papas, sacramentos, ritos, ceremoniales y demás zarandajas, así como sin la de sus santos sucesores (de los que hablaremos otro día). En resumidas cuentas: sin un inmenso tinglado perfectamente articulado pero más inútil que un legionario romano en el cerco de Stalingrado. Y es que Dios ya no tiene más sentido que expresar una concepción del mundo que se desmigaja sin remedio. Bueno, y ser seña de identidad también -etiqueta, estandarte y símbolo- de una casta social vieja: los tenderos de la Tierra. Esos que sin cortarse un pelo se proclaman ‘creadores de riqueza’. Santos varones.
Al tendero le asusta la indefinición, la ausencia de relojes y que el personal no pase por vicaría. Por eso rehúye la sorpresa y pone etiquetas sin parar a todo lo que se mueve. Pájaro. Tren. Ratón. Sulfito. Cuatro menos cuarto. Mujer. Aparentando seguridad, se mira constantemente en el espejo y formula delirantes definiciones de sí mismo, una tras otra, que es el puto colmo. Yo, yo, yo, yo: un pequeño dios, un demiurgo de barrio, un imbécil acrisolado.
Este mendrugo, harto de mirarse en el espejo, asegura que esa esencia superimportante, hiperpoderosa y preexistente a la que llama Dios se lo ha sacado TODO de la manga, empezando por el mar y las estrellas y acabando por los sarpullidos. Eso incluye a los seres humanos, que esa SuperCosa habría tenido a bien concebir ‘a su imagen y semejanza’, nada menos, toma modestia, y que por eso tenemos que estar todo el día discurriendo chorradas como pequeños diosecillos creadores que, en el fondo, no hacen otra cosa que proseguir la Obra de Dios, o sea, ‘Operación Triunfo’, Las Pirámides de Egipto, los cruceros por el Mediterráneo, la aspirina o la taza de water, que es uno de los inventos más grandes de la Humanidad (como sabe cualquiera que haya tenido que cagar de campo).
Conclusión, que así estamos, llenos de fatuidad, nacionalismo, fallas, gestualidad, arte, orgullo, expresionismo, creatividad, religiosidad, style, municipalismo, ingeniería, fachendosité, fe y, en fin, egoticidad. El ‘yo’ es inevitable pero dar pábulo a sus delirios es manifiestamente grosero. Un ‘star-system’ miserable, exhibicionista, paleto, doméstico, municipal y acretinado.
Cioran, que estimó la discreción como la más grande virtud de estos tiempos, añoró no pasar más desapercibido y glosó los Santos Evangelios bendiciendo a los discretos. ‘Bienaventurados los discretos porque no te darán la paliza’, escribió en un momento de lucidez. Y concluyó con una hermosa jaculatoria. ‘Oh, amada indefinición, a ti me entrego, rendido incondicionalmente a tus pies (o a lo que sean las peanas esas) para siempre’.
Volvamos, pues los ojos a San Ciorán y hagamos del mundo un lugar un poco más abierto, relajado, relajante e indefinido. Para lograrlo basta estarse quieto y no hacer absolutamente nada. Pocos santos, profetas, líderes y demás patulea han prometido tanto a cambio de tan poco. A cambio de quietud. Quietud ante todo. Quietud...
Y ahora, eternidad (que es la consecuencia de la ausencia de tiempo): Modugno. ‘Nel blu di pinto di blu’
(*) Del inconveniente de haber nacido. EM Cioran (Taurus, 1981)
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