Eli
en Acordes y desacuerdos
Siempre he creído en los monstruos.
Casi todos los niños cuentan en alguna etapa de su vida con un amigo o compañero de juegos al que se le da de fábula estremecer de horror a sus oyentes con un repertorio delicioso de historias macabras o de terror. Yo tuve la suerte de que mi amiga Suli fuera una narradora de primera.
La escolarización de entonces nos obligaba a pasar una hora de recreo tras el comedor antes de reanudar las clases de primaria de la tarde, y era en esa hora de semiestupor postpandrial cuando la mente infantil estaba mucho más receptiva al terror comunitario.
Muchas de mis noches insomnes de la primera década de mi vida han estado pobladas por las visiones fantasmagóricas de ¡TACHÁN!: La Mano Negra, La Garra Deforme o Los Zombies Caníbales Desdentados.
Además de los monstruos de coseha propia o los inolvidables icónicos que me quitaron más de una noche de sueño como el Drácula (maravilloso) de Cristopher Lee, el Tiburón de Spielberg o la desasosegadora Cabina de Antonio Mercero teníamos nuestro villano preferido nacional: El Lute, que no tenía punto de comparación con Charles Manson o el Hijo de Sam, pero que fue más impresionante para una niña de 7 años que tuvo la experiencia de verlo en persona durante una persecución a cargo de la Guardia Civil por la Sierra de Aracena.
Pero los terrores prepúberes también crecen y evolucionan.
Todo era mucho más fácil cuando los monstruos tenían una cara identificativa, cuando bastaba con encender una pequeña luz para ahuyentarlos hasta el fondo de la memoria, ganada la batalla al menos hasta la siguiente noche de inquietud.
En estas noches eternas, cuando mi mente acelerada y repleta de ideas que pugnan por abrirse paso hasta la superficie me mantiene en vela, recuerdo con añoranza aquellos días de pesadillas infantiles en los que bastaba permanecer quieta totalmente cubierta por las sábanas para que la posibilidad de salir herida se esfumara.
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sábado, 24 de octubre de 2009
jueves, 2 de abril de 2009
El traje de los Domingos
Eli en Acordes y desacuerdos.
Una se imagina que a estas alturas y en una profesión como la mía, donde a diario comprueba cómo la enfermedad expone al hombre de forma inmisericorde hasta hacer que pierda incluso su individualidad, nada ni nadie lograría hacer que perdiera la calma.
Pero -¡gracias al cielo por los pequeños favores!- aún no he alcanzado ese grado de cinismo como para que algunos comportamientos no me dejen pensando: Eli, ésta te la apuntas.
El suceso que quisiera comentar ocurrió tal como sigue:
Una tarde de Domingo de guardia. Son las peores. Diríase que es el día en que las malas conciencias tratan de redimir la indiferencia hacia el enfermito del resto de la semana y , tratando de ganarse el favor familiar y el respeto perdido, actúan como si su mera presencia fuera imprescindible para la recuperación del yacente o el buen funcionamiento de los aparatos que lo acompañan.
En fin, que ya andaba medio encabroná de tanto tocarme las narices cuando comienzan a llegar los ingresos.
No voy a comentar nada de aquel al que la brusca interrupción de la salud le pilla de improviso (aunque mi abuela sí que tendría mucho que rezongar), sino de aquel otro que ingresa de forma programada, con cita de varios días de antelación, para la realización de alguna prueba diagnóstica u operación quirúrgica.
Pues bien, el sujeto del que trato de hablar pertenecía a esta segunda categoría.
Era un joven de unos 18/20 años. Venía acompañado de su madre y se notaba que no debían andar muy boyantes en cuanto a poder adquisitivo.
Hasta ahí, todo bien.
Pero cual no será mi sorpresa cuando vuelvo a la habitación tras esperar un tiempo para que se cambie y compruebo que, sin empacho ni vergüenza, el chaval se ha enfundado un pijama que imagino ya usado. Y me refiero a que tenía toda la pinta de ser el mismo que se acababa de quitar esa mañana.
Aparte de los lamparones y del siete que lucía en los fondillos, sus calcetines pedían a gritos aguja e hilo para cumplir satisfactoriamente su función de cubrir los dedos gordos de los pies que alegremente campaban a sus anchas entre un par de señores tomates.
Estamos en crisis, soy perfectamente consciente de ello. Sin embargo, no entiendo qué tiene que ver el tocino con la velocidad.
Que el ser pobre nunca ha estado reñido con ser limpio. Y que si la madre tenía para comprarle un donut al chaval seguro que tiene para detergente y costura.
Recuerdo de pequeñita que, aparte de la ropa de diario, mamá conservaba celosamente guardado en el ropero lo que ominosamente se llamaba "el traje de los Domingos" y que sólo se sacaba en caso de cumplirse uno de estos tres supuestos:
-Que fuera Domingo de Ramos y todos los que le seguían.
-Que fuéramos de visita a ver a alguien importante.
-Para ir al médico.
Yo aún tengo grabado en lo más profundo de mi memoria genética esa idea de dar buena impresión sobre todo cuando vas a ver a un señor ante el que al final acabas desnudándote. Cuando compartes con un extraño tal grado de intimidad.
Mi abuelita, con sus viejas y anticuadas ideas, guardaba en un baúl todo lo necesario por si alguna vez debía acudir al hospital. Ella se hubiera muerto de vergüenza si la hubieran pillado sin sentirse perfectamente preparada para los imprevistos.
Recuerdo que una vez a punto de salir perdí el botón de una falda y, para no perder tiempo, la sujeté provisionalmente con un imperdible hasta mi vuelta a casa.
Mi abuela, con gesto displicente, murmuró:
-No deberías salir así a la calle. ¿Y si te pasa algo y te tienen que desnudar?
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Una se imagina que a estas alturas y en una profesión como la mía, donde a diario comprueba cómo la enfermedad expone al hombre de forma inmisericorde hasta hacer que pierda incluso su individualidad, nada ni nadie lograría hacer que perdiera la calma.
Pero -¡gracias al cielo por los pequeños favores!- aún no he alcanzado ese grado de cinismo como para que algunos comportamientos no me dejen pensando: Eli, ésta te la apuntas.
El suceso que quisiera comentar ocurrió tal como sigue:
Una tarde de Domingo de guardia. Son las peores. Diríase que es el día en que las malas conciencias tratan de redimir la indiferencia hacia el enfermito del resto de la semana y , tratando de ganarse el favor familiar y el respeto perdido, actúan como si su mera presencia fuera imprescindible para la recuperación del yacente o el buen funcionamiento de los aparatos que lo acompañan.
En fin, que ya andaba medio encabroná de tanto tocarme las narices cuando comienzan a llegar los ingresos.
No voy a comentar nada de aquel al que la brusca interrupción de la salud le pilla de improviso (aunque mi abuela sí que tendría mucho que rezongar), sino de aquel otro que ingresa de forma programada, con cita de varios días de antelación, para la realización de alguna prueba diagnóstica u operación quirúrgica.
Pues bien, el sujeto del que trato de hablar pertenecía a esta segunda categoría.
Era un joven de unos 18/20 años. Venía acompañado de su madre y se notaba que no debían andar muy boyantes en cuanto a poder adquisitivo.
Hasta ahí, todo bien.
Pero cual no será mi sorpresa cuando vuelvo a la habitación tras esperar un tiempo para que se cambie y compruebo que, sin empacho ni vergüenza, el chaval se ha enfundado un pijama que imagino ya usado. Y me refiero a que tenía toda la pinta de ser el mismo que se acababa de quitar esa mañana.
Aparte de los lamparones y del siete que lucía en los fondillos, sus calcetines pedían a gritos aguja e hilo para cumplir satisfactoriamente su función de cubrir los dedos gordos de los pies que alegremente campaban a sus anchas entre un par de señores tomates.
Estamos en crisis, soy perfectamente consciente de ello. Sin embargo, no entiendo qué tiene que ver el tocino con la velocidad.
Que el ser pobre nunca ha estado reñido con ser limpio. Y que si la madre tenía para comprarle un donut al chaval seguro que tiene para detergente y costura.
Recuerdo de pequeñita que, aparte de la ropa de diario, mamá conservaba celosamente guardado en el ropero lo que ominosamente se llamaba "el traje de los Domingos" y que sólo se sacaba en caso de cumplirse uno de estos tres supuestos:
-Que fuera Domingo de Ramos y todos los que le seguían.
-Que fuéramos de visita a ver a alguien importante.
-Para ir al médico.
Yo aún tengo grabado en lo más profundo de mi memoria genética esa idea de dar buena impresión sobre todo cuando vas a ver a un señor ante el que al final acabas desnudándote. Cuando compartes con un extraño tal grado de intimidad.
Mi abuelita, con sus viejas y anticuadas ideas, guardaba en un baúl todo lo necesario por si alguna vez debía acudir al hospital. Ella se hubiera muerto de vergüenza si la hubieran pillado sin sentirse perfectamente preparada para los imprevistos.
Recuerdo que una vez a punto de salir perdí el botón de una falda y, para no perder tiempo, la sujeté provisionalmente con un imperdible hasta mi vuelta a casa.
Mi abuela, con gesto displicente, murmuró:
-No deberías salir así a la calle. ¿Y si te pasa algo y te tienen que desnudar?
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domingo, 1 de febrero de 2009
Qué hacemos con nuestros mayores
Eli
En Acordes y Desacuerdos: Escritophenias.
Mi papá tiene 75 años, es viudo desde hace casi cinco, absolutamente independiente para las actividades de la vida diaria, tiene una salud aceptable y la mente más aguda e inteligente que conozco. Él se considera a sí mismo un "senequista" (su padre, como buen cordobés, era estóico por naturaleza, rasgo que tanto mi padre como yo hemos heredado), pero la vida está empezando a plantearle algunas incógnitas. Así que sin más demora, -no por esperada ha sido más fácil -, hemos tenido que sentarnos a hablar acerca de su futuro.
España envejece. El aumento de la esperanza de vida y la disminución de la tasa de natalidad contribuyen a este fenómeno aún cuando se esté viendo suavizado por las oleadas de inmigrantes legales.
Obviando el tema económico, el que yo no podría hablar con propiedad, el número de personas mayores que precisan atención es alarmante.
A la realidad del envejecimiento hay que añadir la dependencia por enfermedad, discapacidad o limitación, que han aumentado en los últimos años a causas del aumento de las tasas de supervivencia de determinadas enfermedades.
El progreso ha desterrado la idea del hogar como núcleo familiar integral.
Las familias actuales están compuestas por pequeños grupos unicelulares donde la figura del abuelo apenas sí encuentra su lugar.
Estamos perdiendo la relación intergeneracional. El abuelo ya no es esa persona viejita que te sacaba caramelos de la oreja cuando iba a buscarte al colegio y que te contaba cuentos mientras te arropaba para dormir.
Ahora el abuelo es esa persona arrugada, que huele raro, y a la que hay que ir a visitar los domingos por la tarde para que no se ponga triste.
Tradicionalmente el rol de la mujer como ama de casa favorecía el cuidado de los mayores en el domicilio conyugal. Pero la incorporación de la mujer al mercado laboral ha convertido en reliquia esta opción.
El ritmo de vida actual, el hedonismo de la sociedad de consumo, la reducción del espacio...hace que cada vez sea más complicado cuidar de los ancianos.
La escasez de las pensiones convierte en una quimera el que los viejitos puedan acceder a la posibilidad de un cuidador domiciliario o al ingreso en un centro especializado, y las residencias concertadas están cada vez más abarrotadas.
Durante las fechas señaladas de vacaciones, los hospitales se llenan de viejitos aparcados por sus familias; durante los picos de prevalencia de las enfermedades estacionales ocurre igual.
Y cuando la patología del anciano no justifica el ingreso hospitalario ¿qué podemos hacer por ellos?
Aunque en España tenemos aprobada la ley de Dependencia y Promoción de su autonomía personal , aún falta mucho para que se alcancen plenamente sus derechos. Los Poderes Públicos se enfrentan a un reto que necesita de una respuesta enérgica.
Pero la atención a los mayores precisa de una puntualización.
Tenemos que diferenciar entre los mayores independientes para mantener su autonomía, los grandes dependientes que precisan una atención integral y los dependientes que sólo precisan de cierta ayuda.
Pero en cualquier caso, es imprescindible que reciban el trato digno que se merecen, el respeto y el cuidado especializado.
Actualmente contamos con la posibilidad de la Asistencia domiciliaria. Para los grandes dependientes, necesitamos centros especializados. Pero la realidad es que necesitamos concienciar a las familias para potenciar la figura del cuidador.
Muchas personas mayores viven solas. Y el aislamiento y la soledad provocan enfermedades.
Además, la incidencia de robos y asaltos a ancianos ha aumentado en los últimos años.
Lo que más me sorprende es que las palabras más despectivas acerca de la senectud casi siempre son preferidas por personas bastante jóvenes que aún apenas han comenzado a vivir. Probablemente ése sea el motivo de la venda que cubre sus ojos.
Invertir en nuestros ancianos es invertir en nuestro futuro.
Al fin y al cabo, todos tenemos fecha de caducidad.
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En Acordes y Desacuerdos: Escritophenias.
Mi papá tiene 75 años, es viudo desde hace casi cinco, absolutamente independiente para las actividades de la vida diaria, tiene una salud aceptable y la mente más aguda e inteligente que conozco. Él se considera a sí mismo un "senequista" (su padre, como buen cordobés, era estóico por naturaleza, rasgo que tanto mi padre como yo hemos heredado), pero la vida está empezando a plantearle algunas incógnitas. Así que sin más demora, -no por esperada ha sido más fácil -, hemos tenido que sentarnos a hablar acerca de su futuro.
España envejece. El aumento de la esperanza de vida y la disminución de la tasa de natalidad contribuyen a este fenómeno aún cuando se esté viendo suavizado por las oleadas de inmigrantes legales.
Obviando el tema económico, el que yo no podría hablar con propiedad, el número de personas mayores que precisan atención es alarmante.
A la realidad del envejecimiento hay que añadir la dependencia por enfermedad, discapacidad o limitación, que han aumentado en los últimos años a causas del aumento de las tasas de supervivencia de determinadas enfermedades.
El progreso ha desterrado la idea del hogar como núcleo familiar integral.
Las familias actuales están compuestas por pequeños grupos unicelulares donde la figura del abuelo apenas sí encuentra su lugar.
Estamos perdiendo la relación intergeneracional. El abuelo ya no es esa persona viejita que te sacaba caramelos de la oreja cuando iba a buscarte al colegio y que te contaba cuentos mientras te arropaba para dormir.
Ahora el abuelo es esa persona arrugada, que huele raro, y a la que hay que ir a visitar los domingos por la tarde para que no se ponga triste.
Tradicionalmente el rol de la mujer como ama de casa favorecía el cuidado de los mayores en el domicilio conyugal. Pero la incorporación de la mujer al mercado laboral ha convertido en reliquia esta opción.
El ritmo de vida actual, el hedonismo de la sociedad de consumo, la reducción del espacio...hace que cada vez sea más complicado cuidar de los ancianos.
La escasez de las pensiones convierte en una quimera el que los viejitos puedan acceder a la posibilidad de un cuidador domiciliario o al ingreso en un centro especializado, y las residencias concertadas están cada vez más abarrotadas.
Durante las fechas señaladas de vacaciones, los hospitales se llenan de viejitos aparcados por sus familias; durante los picos de prevalencia de las enfermedades estacionales ocurre igual.
Y cuando la patología del anciano no justifica el ingreso hospitalario ¿qué podemos hacer por ellos?
Aunque en España tenemos aprobada la ley de Dependencia y Promoción de su autonomía personal , aún falta mucho para que se alcancen plenamente sus derechos. Los Poderes Públicos se enfrentan a un reto que necesita de una respuesta enérgica.
Pero la atención a los mayores precisa de una puntualización.
Tenemos que diferenciar entre los mayores independientes para mantener su autonomía, los grandes dependientes que precisan una atención integral y los dependientes que sólo precisan de cierta ayuda.
Pero en cualquier caso, es imprescindible que reciban el trato digno que se merecen, el respeto y el cuidado especializado.
Actualmente contamos con la posibilidad de la Asistencia domiciliaria. Para los grandes dependientes, necesitamos centros especializados. Pero la realidad es que necesitamos concienciar a las familias para potenciar la figura del cuidador.
Muchas personas mayores viven solas. Y el aislamiento y la soledad provocan enfermedades.
Además, la incidencia de robos y asaltos a ancianos ha aumentado en los últimos años.
Lo que más me sorprende es que las palabras más despectivas acerca de la senectud casi siempre son preferidas por personas bastante jóvenes que aún apenas han comenzado a vivir. Probablemente ése sea el motivo de la venda que cubre sus ojos.
Invertir en nuestros ancianos es invertir en nuestro futuro.
Al fin y al cabo, todos tenemos fecha de caducidad.
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domingo, 18 de enero de 2009
La Princesa del Guisante
Eli
en Acordes y desacuerdos: Escritophenias
Cuentan los viejos que la soberana del Antiguo Reino buscaba una princesa que fuera auténtica para casar con ella a su heredero.
Cuando una noche de tormenta llamó al castillo una muchacha empapada afirmando ser una princesa extraviada, la reina decidió comprobarlo colocando un guisante bajo veinte colchones y haciendo que la extraña durmiera sobre ellos.
Al despertar a la mañana siguiente, la muchacha se quejó de las durezas insoportables que no la habían dejado dormir, revelando así la delicadeza de su piel y su verdadera condición de princesa.
Estamos tan acostumbrados a las matanzas en el mundo, a las enfermedades o las catástrofes que hemos convertido la conciencia, la solidaridad, la caridad en ese pequeño guisante asfixiado bajo capas de comodidad, autocomplacencia e insensibilidad.
Nos conformamos muchas veces con vacuos gestos grandilocuentes destinados más a propagar la imagen de solidarios que a ejercer realmente como tales.
Organizamos multitudinarias manifestaciones contra el bombardeo en la franja de Gaza , mientras subrepticiamente rogamos por que nos saquen en la tele junto a ese actor que mola tanto y que lleva la pancarta a nuestro lado. Nos colocamos lazos de mil colores para demostrar lo cool que somos apoyando las campañas contra las maléficas enfermedades que diezman el tercer mundo, pero jamás hemos donado un mísero céntimo para vacunas, medicinas o alimentos. Escribimos airadas cartas a los diarios denunciando las condiciones de repatriación de los pobres inmigrantes ilegales, pero volvemos la cabeza en los semáforos cuando el polaco o subsahariano de turno nos tamborilean la ventanilla del coche.
Pero aún no he perdido del todo la esperanza en la bondad el hombre. Son pocas, pero ahí están: personas anónimas que no tiene reparos en participar en montones y montones de actividades que, aunque pudiéran parecer fútiles, alcanzan y llenan mucho más de lo que se pueda imaginar.
L. me dió una vez un verdadero ejemplo de humanidad. Estaba recogiendo ropas de abrigo usadas para repartir entre los vendedores de los semáforos que habitualmente ve en su recorrido al trabajo (una insignificancia entre el montón de actividades en las que estaba comprometida) cuando le pregunté que qué pensaba que iba a conseguir con ese minúsculo gesto inútil. Pero ella, sonriendo con esa calidez que la caracterizaba me respondió:
¡Uy! No te creas que soy tan ingenua como para pensar que un abrigo puede cambiar el Mundo. Pero yo creo que cada persona tiene la capacidad de cambiar la pequeña porción de mundo que la rodea. Si todo el mundo fuera capaz de comprender esto, las cosas irían mejor. Y yo estoy tratando de hacer mi parte día a día.
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Cuentan los viejos que la soberana del Antiguo Reino buscaba una princesa que fuera auténtica para casar con ella a su heredero.
Cuando una noche de tormenta llamó al castillo una muchacha empapada afirmando ser una princesa extraviada, la reina decidió comprobarlo colocando un guisante bajo veinte colchones y haciendo que la extraña durmiera sobre ellos.
Al despertar a la mañana siguiente, la muchacha se quejó de las durezas insoportables que no la habían dejado dormir, revelando así la delicadeza de su piel y su verdadera condición de princesa.
Estamos tan acostumbrados a las matanzas en el mundo, a las enfermedades o las catástrofes que hemos convertido la conciencia, la solidaridad, la caridad en ese pequeño guisante asfixiado bajo capas de comodidad, autocomplacencia e insensibilidad.
Nos conformamos muchas veces con vacuos gestos grandilocuentes destinados más a propagar la imagen de solidarios que a ejercer realmente como tales.
Organizamos multitudinarias manifestaciones contra el bombardeo en la franja de Gaza , mientras subrepticiamente rogamos por que nos saquen en la tele junto a ese actor que mola tanto y que lleva la pancarta a nuestro lado. Nos colocamos lazos de mil colores para demostrar lo cool que somos apoyando las campañas contra las maléficas enfermedades que diezman el tercer mundo, pero jamás hemos donado un mísero céntimo para vacunas, medicinas o alimentos. Escribimos airadas cartas a los diarios denunciando las condiciones de repatriación de los pobres inmigrantes ilegales, pero volvemos la cabeza en los semáforos cuando el polaco o subsahariano de turno nos tamborilean la ventanilla del coche.
Pero aún no he perdido del todo la esperanza en la bondad el hombre. Son pocas, pero ahí están: personas anónimas que no tiene reparos en participar en montones y montones de actividades que, aunque pudiéran parecer fútiles, alcanzan y llenan mucho más de lo que se pueda imaginar.
L. me dió una vez un verdadero ejemplo de humanidad. Estaba recogiendo ropas de abrigo usadas para repartir entre los vendedores de los semáforos que habitualmente ve en su recorrido al trabajo (una insignificancia entre el montón de actividades en las que estaba comprometida) cuando le pregunté que qué pensaba que iba a conseguir con ese minúsculo gesto inútil. Pero ella, sonriendo con esa calidez que la caracterizaba me respondió:
¡Uy! No te creas que soy tan ingenua como para pensar que un abrigo puede cambiar el Mundo. Pero yo creo que cada persona tiene la capacidad de cambiar la pequeña porción de mundo que la rodea. Si todo el mundo fuera capaz de comprender esto, las cosas irían mejor. Y yo estoy tratando de hacer mi parte día a día.
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domingo, 11 de enero de 2009
Por qué lo llaman amor cuando quieren decir...Eso
Eli
en Acordes y desacuerdos: Escritophenias
Escuchaba hace tiempo en la radio las declaraciones de una asamblea de hombres contra la violencia de género justo cuando el marido de una paciente se acercaba a pedir algo. Y señalando con la cabeza al emisor se jactaba de no haber tenido nunca necesidad de poner una mano encima a su legítima.
Es cierto que parece una buena persona y que se preocupa de la salud de su esposa. Pero no entiendo que pueda imponer su criterio, gustos o necesidades apoyado por una ley, costumbre o religión.
Incluso dentro del supuesto amparo de una institución que vela por la seguridad de las personas, hay muchísimas ocasiones en las que las enfermeras nos vemos impotentes para evitar situaciones que perjudican a las mujeres.
No hace falta levantar una mano para herir: algunas veces basta con obligarlas a ejercer lo que su derecho de hombres les reclama.
Y que da lo mismo que la paciente tenga fiebre, vomite o sea portadora de una sonda vesical. El derecho marital no espera.
Aún me encuentro en situaciones en las que tratan de prohibirme lavar a una mujer, para evitar que pierda el "olor a hembra". Aún tengo que pelear con alguna paciente tratando de hacerle ver que el encaje rojo no es lo más adecuado para ir a hacerse una prueba diagnóstica, pero es que "es lo que a mi marido le gusta". Aún lucho en vano por intentar que una enferma tenga una ingesta adecuada cuando a su señor esposo no le parece bien y la surte de presuntos nutrientes para la fertilidad. Pero sobre todo aún me hierve la sangre cuando veo a una paciente durmiendo sobre una manta en el suelo porque el amo tiene que descansar en la cama hospitalaria.
Lo más triste de todo no es que se resignen, sino que muchas lo hacen de buen grado.
Cuando todos los servicios de salud del mundo ofrecen una carta de derechos de los enfermos que les garantice su dignida como persona ¿quién protege a estas víctimas?
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en Acordes y desacuerdos: Escritophenias
Escuchaba hace tiempo en la radio las declaraciones de una asamblea de hombres contra la violencia de género justo cuando el marido de una paciente se acercaba a pedir algo. Y señalando con la cabeza al emisor se jactaba de no haber tenido nunca necesidad de poner una mano encima a su legítima.
Es cierto que parece una buena persona y que se preocupa de la salud de su esposa. Pero no entiendo que pueda imponer su criterio, gustos o necesidades apoyado por una ley, costumbre o religión.
Incluso dentro del supuesto amparo de una institución que vela por la seguridad de las personas, hay muchísimas ocasiones en las que las enfermeras nos vemos impotentes para evitar situaciones que perjudican a las mujeres.
No hace falta levantar una mano para herir: algunas veces basta con obligarlas a ejercer lo que su derecho de hombres les reclama.
Y que da lo mismo que la paciente tenga fiebre, vomite o sea portadora de una sonda vesical. El derecho marital no espera.
Aún me encuentro en situaciones en las que tratan de prohibirme lavar a una mujer, para evitar que pierda el "olor a hembra". Aún tengo que pelear con alguna paciente tratando de hacerle ver que el encaje rojo no es lo más adecuado para ir a hacerse una prueba diagnóstica, pero es que "es lo que a mi marido le gusta". Aún lucho en vano por intentar que una enferma tenga una ingesta adecuada cuando a su señor esposo no le parece bien y la surte de presuntos nutrientes para la fertilidad. Pero sobre todo aún me hierve la sangre cuando veo a una paciente durmiendo sobre una manta en el suelo porque el amo tiene que descansar en la cama hospitalaria.
Lo más triste de todo no es que se resignen, sino que muchas lo hacen de buen grado.
Cuando todos los servicios de salud del mundo ofrecen una carta de derechos de los enfermos que les garantice su dignida como persona ¿quién protege a estas víctimas?
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jueves, 8 de enero de 2009
La edad... ¡uf! de la inocencia
Eli
en Acordes y desacuerdos: Escritophenias
Ayer el Clon renunció a su mítica melena y , cual Sansón vencido, entregó su presente a los dioses. Harto ya de coleteros, gorro de quirófano insuficiente, horquillas y champús con mamoneos de suavizantes antienrredos, volvió al look de hombre tranquilo, de nuevo más Clon que nunca. Y yo, viendo lo apuestísimo que ha quedado, confieso que he tenido la gran tentación de romper con todo y realizar el cambio radical de mi vida. Aunque mis motivos no tiene nada de altruistas. Me explico:
Ayer volvió a ocurrirme. Y no es la segunda o la tercera vez que me pasa, no. Ya han sido incontables. No sé cómo me las apaño (tendré que dar las "gracias" a esos pequeños cabrones de las tabas) que siempre me tocan a mí las abuelitas más problemáticas.Generalmente no me importa. Adoro a los viejos (y esto lo dice una que se dormía la siesta en clases de Geriatría por considerarlas un coñazo infumable) y suelo tener paciencia y cariño pa dar y regalar...hasta que comienzan a indagar. Y no se crean que son sutiles, oiga: la CIA debería aprender técnicas de interrogatorio de ellas. Edad, descendencia, tiempo de trabajo, ficha policial...TODO te lo sacan en un angustioso minuto en el que, impotente, no sabes cómo escaquearte. Pero aún no ha llegado La Pregunta.....................................
-¿Estás casada?Porque yo tengo un hijo solterito de 50 años y tú serías ideal para él.
¡¡¡AAAAAAAAAGGGGGGGGGGHHHHHHHHHHH!!!
¡¡¡LO DIJOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!
¿Pero es que acaso tengo un imán? ¡Dios! No basta con que siempre sea yo la que escoja el tonto del pueblo para hacer el espectáculo. Que sea yo la que siempre elija esa viejita del eccema sospechoso en la cola del médico para contarle sus penas mientras no para de sobarle el brazo. Que siempre sea yo la tonta a la que en la cola del super el imberbe del Bollicao pida permiso pa colarse y pagar, con sus siete colegas de premio...No. No basta. Por lo visto debo de tener no sólo cara de buena, sino también de tonta rematada. Así que lo del piercing en la ceja, el pincho en las orejas y los pelos morados comienza a parecerme la mejor idea de mi vida.
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Ayer el Clon renunció a su mítica melena y , cual Sansón vencido, entregó su presente a los dioses. Harto ya de coleteros, gorro de quirófano insuficiente, horquillas y champús con mamoneos de suavizantes antienrredos, volvió al look de hombre tranquilo, de nuevo más Clon que nunca. Y yo, viendo lo apuestísimo que ha quedado, confieso que he tenido la gran tentación de romper con todo y realizar el cambio radical de mi vida. Aunque mis motivos no tiene nada de altruistas. Me explico:
Ayer volvió a ocurrirme. Y no es la segunda o la tercera vez que me pasa, no. Ya han sido incontables. No sé cómo me las apaño (tendré que dar las "gracias" a esos pequeños cabrones de las tabas) que siempre me tocan a mí las abuelitas más problemáticas.Generalmente no me importa. Adoro a los viejos (y esto lo dice una que se dormía la siesta en clases de Geriatría por considerarlas un coñazo infumable) y suelo tener paciencia y cariño pa dar y regalar...hasta que comienzan a indagar. Y no se crean que son sutiles, oiga: la CIA debería aprender técnicas de interrogatorio de ellas. Edad, descendencia, tiempo de trabajo, ficha policial...TODO te lo sacan en un angustioso minuto en el que, impotente, no sabes cómo escaquearte. Pero aún no ha llegado La Pregunta.....................................
-¿Estás casada?Porque yo tengo un hijo solterito de 50 años y tú serías ideal para él.
¡¡¡AAAAAAAAAGGGGGGGGGGHHHHHHHHHHH!!!
¡¡¡LO DIJOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!
¿Pero es que acaso tengo un imán? ¡Dios! No basta con que siempre sea yo la que escoja el tonto del pueblo para hacer el espectáculo. Que sea yo la que siempre elija esa viejita del eccema sospechoso en la cola del médico para contarle sus penas mientras no para de sobarle el brazo. Que siempre sea yo la tonta a la que en la cola del super el imberbe del Bollicao pida permiso pa colarse y pagar, con sus siete colegas de premio...No. No basta. Por lo visto debo de tener no sólo cara de buena, sino también de tonta rematada. Así que lo del piercing en la ceja, el pincho en las orejas y los pelos morados comienza a parecerme la mejor idea de mi vida.
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