Celadus
en Memorial de Isla Negra
A estas alturas del siglo XXI, cuando parece que la concienciación respecto a todo lo relacionado con la protección del medio ambiente alcanza una extensión considerable entre la población mundial, no dejan de sorprenderme –será porque aún soy un iluso- noticias como que el Gobierno de Tanzania planea construir una autopista nada menos que al norte del Serengeti, paralela a la frontera con Kenya, cortando las rutas migratorias de las grandes manadas de ñus que cada año cruzan esa frontera en viaje de ida y vuelta hacia Masai Mara. Se trata de un fenómeno migratorio de dimensiones planetarias (más de dos millones de animales la realizan), ampliamente conocido y difundido en miles de documentales de naturaleza africana desde hace décadas.
La noticia me sorprende no por el hecho de que un gobierno prime más un supuesto desarrollo económico sobre los valores naturales de su territorio –eso es algo bastante habitual, desgraciadamente- sino precisamente porque esos valores naturales constituyen, en el caso concreto de Tanzania, uno de los mayores recursos económicos del país. Me estoy refiriendo, naturalmente, al turismo de Naturaleza, cada vez más extendido y que genera una de las mayores entradas de divisas en este país africano. Que el Gobierno tanzano pretenda cargarse de un plomazo esta gallina de los huevos de oro resulta de todo punto incomprensible. La migración anual de los herbívoros del Serengeti en busca de los pastos frescos que deja la estación de lluvias a una y otra margen del río Mara resulta absolutamente imprescindible para su supervivencia y la desaparición de estos supondría la disminución irremediable de los carnívoros que se alimentan de ellos –leones, guepardos, hienas y toda la cohorte de carroñeros que terminan la faena- y un cambio radical en las relaciones ecológicas entre herbívoros y plantas que podría resultar desastrosa para todo el ecosistema.
Existe, como en casi todos estos casos, una alternativa al trazado de esta autopista por el sur del parque, sin afectar para nada a los animales. Pero probablemente, también como en casi todos estos casos, ese trazado resulta más largo y consecuentemente más caro que el septentrional.
La polémica, pues, está servida. Las organizaciones conservacionistas se echan las manos a la cabeza ante esta insensatez. El Gobierno de Tanzania alega que esta vía es necesaria para el desarrollo económico de la zona occidental del Serengeti. El proyecto está todavía en fase de estudio y se proyecta su comienzo para el 2012.
El problema de esta autopista no reside solo en su impacto sobre las migraciones de los herbívoros sino en lo que implica introducir maquinaria pesada para su construcción dentro de este frágil ecosistema, así como en que facilitaría el acceso a las zonas de reserva, incrementando los problemas de furtivismo que ya en la actualidad constituyen una seria amenaza para la fauna.
¿Tiene derecho Tanzania a desarrollarse económicamente? La respuesta es clara y tajante: por supuesto que sí, como cualquier otro país. ¿Tiene derecho a acabar con la que probablemente es la más rica y mejor conservada reserva de vida salvaje del mundo? ¿Son el Serengeti y sus riquezas naturales propiedad exclusiva del pueblo tanzano o son patrimonio de la humanidad que hay que proteger desde los organismos internacionales? El tema no deja de ser peliagudo y está cargado de consideraciones éticas, además de económicas y políticas.
Personalmente me cuesta creer que el Gobierno de Tanzania esté tan ciego. Me inclino a pensar, más bien, que se trata de un globo sonda para presionar a la comunidad internacional y exigir en su momento compensaciones económicas a cambio de cambiar el trazado de la autopista. Ojalá sea esa la cuestión. Creo firmemente que Tanzania tiene todo el derecho a realizar esa petición. La conservación de ese espacio natural único no puede recaer sólo sobre uno de los países africanos más pobres, a costa de mermar su crecimiento económico y las mejoras en la calidad de vida de sus ciudadanos. Por tanto, los países desarrollados deberíamos contribuir económicamente para salvar el Serengeti, porque es responsabilidad de toda la humanidad la conservación de los pocos espacios vírgenes que nos quedan. No tenemos derecho a exigir a los países del tercer mundo que renuncien a su desarrollo económico para proteger unos ecosistemas de los que todos nos beneficiamos a cambio de nada, cuando en nuestros países hemos arrasado con todo lo arrasable y más aún en aras de un pretendido progreso. Pero tampoco podemos permitirnos el lujo de perder una joya como el Serengeti, porque sería sin duda el mayor desastre ecológico de nuestra historia y una pérdida irremediable para las generaciones futuras y para nosotros mismos.
Existe ya una campaña internacional en marcha para salvar el Serengeti y espero de todo corazón que en este caso se imponga la cordura y los ejércitos viajeros puedan seguir llevando a cabo sus migraciones como vienen haciendo desde hace miles de años.
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viernes, 16 de julio de 2010
viernes, 27 de noviembre de 2009
El hombre que nació tres veces
Celadus
en Memorial de Isla Negra
En Japón se les conoce como hibakusha, que significa “persona bombardeada”. Son los supervivientes a las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. 140.000 personas murieron de manera inmediata en la primera ciudad y 70.000 en la segunda pero otros muchos consiguieron sobrevivir con diferente fortuna y grado de afectación. Por si fuese poco lo que ya habían pasado, los hibakusha sufrieron demás al principio una fuerte discriminación. Nadie sabía que era exactamente una bomba atómica, nadie entendía por que desarrollaban esas enfermedades tan extrañas y muchos temían ser contagiados por la radiactividad. Más adelante, el gobierno japonés realizó un censo y les garantizó determinadas coberturas sociales, como la asistencia médica y el costo del funeral, prestaciones que siguen vigentes hoy día.
Existe un tipo especial de hibakusha: aquellos que sufrieron ambas explosiones y lograron sobrevivir. Por increíble que parezca, muchas personas tuvieron la mala suerte de que les cayesen encima las dos únicas bombas atómicas que se han usado en una guerra hasta día de hoy. Tras el ataque contra Hiroshima, muchos supervivientes decidieron refugiarse en la ciudad de Nagasaki siguiendo un razonamiento lógico. Nagasaki era el centro urbano con mayor población cristiana de todo Japón (incluso tenía su catedral) y muchos creían que por ese motivo los norteamericanos nunca se atreverían a lanzar allí otra bomba atómica. Pero se equivocaron. Nagasaki fue el segundo objetivo elegido para lanzar contra ella a “Fat boy”, el segundo y último artefacto nuclear. Los estadounidenses tenían motivos más prosaicos para elegir sus objetivos que las creencias religiosas de la población. Ambas ciudades habían escapado a los bombardeos convencionales y por tanto eran el lugar perfecto para estudiar los efectos de la explosión atómica sin interferencias. La mayoría de los hibakusha de Hiroshima murieron en Nagasaki pero algunos lograron sobrevivir también a esa segunda explosión y se convirtieron en Nijū Hibakusha (“Doble hibakusha”), un hecho absolutamente extraordinario.
Se calcula que hubo al menos 150 casos, aunque muchos de los expedientes que lo corroboraban se “perdieron” al parecer en la década de los 50. Este hecho se explica porque jurídicamente no había diferencias y los Nijū Hibakusha no recibirían doble pensión sino una única, igual que cualquier otro superviviente afectado. De todos ellos, quizá el más conocido es Tsutomu Yamaguchi, reconocido de nuevo oficialmente como doble hibakusha por el gobierno japonés este mismo año y con 93 años cumplidos.
La historia de Yamaguchi es, cuanto menos, sorprendente. Durante la guerra trabajaba como ingeniero para la división militar de Mitsubishi y debido a su empleo debía viajar por varias ciudades del país. El 6 de agosto de 1945 se encontraba en Hiroshima. Hacia las 8 de la mañana caminaba hacia la sede de la empresa en esa localidad cuando, al mirar al cielo, divisó un avión plateado que enseguida identificó como un bombardero B-29 estadounidense –no en vano su paso por el cielo nipón era muy frecuente porque los bombardeos estaban a la orden del día. Yamaguchi cuenta que lo siguiente que vio fue un par de pequeños paracaídas que caían desde el avión e inmediatamente un fogonazo de luz que le hizo perder el conocimiento y caer al suelo. Cuando despertó, unos 15 minutos más tarde, el espectáculo que descubrió a su alrededor era dantesco. La ciudad había sido completamente arrasada y todas las personas que le rodeaban estaban muertas. Milagrosamente, solo él había sobrevivido.
Más tarde encontró gente que corría hacia las montañas y se unió a ellos. Tras pasar la noche dentro de un vagón partió hacia Nagasaki, su ciudad natal. Allí nadie le creyó cuanto contó lo que había visto en Hiroshima. Nadie podía imaginar siquiera tal atrocidad. Pero tres días después, para horror de Yamaguchi, la escena volvía a repetirse en su ciudad. Volvió a ver el avión y los paracaídas, pero esta vez ya sabía lo que vendría después y se lanzó al suelo de inmediato. Los viandantes le miraron extrañados sin saber a que se debía aquel extraño comportamiento pero nadie le imitó. Ese gesto de echarse a tierra probablemente fue lo que le salvó la vida, aunque nunca se ha sabido exactamente como pudo sobrevivir. Yamaguchi cuenta que en aquellos momentos pensó que las bombas le perseguían.
Durante décadas, este japonés de mirada triste ha vivido con sus recuerdos y con la convicción de que seguía con vida por un motivo: poder contar al mundo el horror de un ataque nuclear. Por eso cuando el pasado año se rodó una película sobre el tema donde el interviene, pidió viajar a los EEUU para el estreno en aquél país. Hasta entonces ni siquiera tenía pasaporte. Yamaguchi asistió al estreno en Nueva York, en la sede de las Naciones Unidas, donde pidió que nunca haya un tercer ataque nuclear. El doble hibakusha afirma haberse quitado un gran peso de encima al poder expresarse en los EEUU y considera que ya puede morir en paz. Por tercera y última vez.
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en Memorial de Isla Negra
En Japón se les conoce como hibakusha, que significa “persona bombardeada”. Son los supervivientes a las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. 140.000 personas murieron de manera inmediata en la primera ciudad y 70.000 en la segunda pero otros muchos consiguieron sobrevivir con diferente fortuna y grado de afectación. Por si fuese poco lo que ya habían pasado, los hibakusha sufrieron demás al principio una fuerte discriminación. Nadie sabía que era exactamente una bomba atómica, nadie entendía por que desarrollaban esas enfermedades tan extrañas y muchos temían ser contagiados por la radiactividad. Más adelante, el gobierno japonés realizó un censo y les garantizó determinadas coberturas sociales, como la asistencia médica y el costo del funeral, prestaciones que siguen vigentes hoy día.
Existe un tipo especial de hibakusha: aquellos que sufrieron ambas explosiones y lograron sobrevivir. Por increíble que parezca, muchas personas tuvieron la mala suerte de que les cayesen encima las dos únicas bombas atómicas que se han usado en una guerra hasta día de hoy. Tras el ataque contra Hiroshima, muchos supervivientes decidieron refugiarse en la ciudad de Nagasaki siguiendo un razonamiento lógico. Nagasaki era el centro urbano con mayor población cristiana de todo Japón (incluso tenía su catedral) y muchos creían que por ese motivo los norteamericanos nunca se atreverían a lanzar allí otra bomba atómica. Pero se equivocaron. Nagasaki fue el segundo objetivo elegido para lanzar contra ella a “Fat boy”, el segundo y último artefacto nuclear. Los estadounidenses tenían motivos más prosaicos para elegir sus objetivos que las creencias religiosas de la población. Ambas ciudades habían escapado a los bombardeos convencionales y por tanto eran el lugar perfecto para estudiar los efectos de la explosión atómica sin interferencias. La mayoría de los hibakusha de Hiroshima murieron en Nagasaki pero algunos lograron sobrevivir también a esa segunda explosión y se convirtieron en Nijū Hibakusha (“Doble hibakusha”), un hecho absolutamente extraordinario.
Se calcula que hubo al menos 150 casos, aunque muchos de los expedientes que lo corroboraban se “perdieron” al parecer en la década de los 50. Este hecho se explica porque jurídicamente no había diferencias y los Nijū Hibakusha no recibirían doble pensión sino una única, igual que cualquier otro superviviente afectado. De todos ellos, quizá el más conocido es Tsutomu Yamaguchi, reconocido de nuevo oficialmente como doble hibakusha por el gobierno japonés este mismo año y con 93 años cumplidos.
La historia de Yamaguchi es, cuanto menos, sorprendente. Durante la guerra trabajaba como ingeniero para la división militar de Mitsubishi y debido a su empleo debía viajar por varias ciudades del país. El 6 de agosto de 1945 se encontraba en Hiroshima. Hacia las 8 de la mañana caminaba hacia la sede de la empresa en esa localidad cuando, al mirar al cielo, divisó un avión plateado que enseguida identificó como un bombardero B-29 estadounidense –no en vano su paso por el cielo nipón era muy frecuente porque los bombardeos estaban a la orden del día. Yamaguchi cuenta que lo siguiente que vio fue un par de pequeños paracaídas que caían desde el avión e inmediatamente un fogonazo de luz que le hizo perder el conocimiento y caer al suelo. Cuando despertó, unos 15 minutos más tarde, el espectáculo que descubrió a su alrededor era dantesco. La ciudad había sido completamente arrasada y todas las personas que le rodeaban estaban muertas. Milagrosamente, solo él había sobrevivido.
Más tarde encontró gente que corría hacia las montañas y se unió a ellos. Tras pasar la noche dentro de un vagón partió hacia Nagasaki, su ciudad natal. Allí nadie le creyó cuanto contó lo que había visto en Hiroshima. Nadie podía imaginar siquiera tal atrocidad. Pero tres días después, para horror de Yamaguchi, la escena volvía a repetirse en su ciudad. Volvió a ver el avión y los paracaídas, pero esta vez ya sabía lo que vendría después y se lanzó al suelo de inmediato. Los viandantes le miraron extrañados sin saber a que se debía aquel extraño comportamiento pero nadie le imitó. Ese gesto de echarse a tierra probablemente fue lo que le salvó la vida, aunque nunca se ha sabido exactamente como pudo sobrevivir. Yamaguchi cuenta que en aquellos momentos pensó que las bombas le perseguían.
Durante décadas, este japonés de mirada triste ha vivido con sus recuerdos y con la convicción de que seguía con vida por un motivo: poder contar al mundo el horror de un ataque nuclear. Por eso cuando el pasado año se rodó una película sobre el tema donde el interviene, pidió viajar a los EEUU para el estreno en aquél país. Hasta entonces ni siquiera tenía pasaporte. Yamaguchi asistió al estreno en Nueva York, en la sede de las Naciones Unidas, donde pidió que nunca haya un tercer ataque nuclear. El doble hibakusha afirma haberse quitado un gran peso de encima al poder expresarse en los EEUU y considera que ya puede morir en paz. Por tercera y última vez.
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lunes, 19 de enero de 2009
Democracia y terrorismo
Celadus
en Memorial de Isla Negra
Existe entre los políticos nacionalistas una costumbre muy extendida consistente en equiparar sus propios cargos públicos, personas o actividades políticas con el territorio que afirman defender o con su población. Así, cuando se critica al lehendakari enseguida saltan voces airadas que afirman que se está atacando a Euskadi o a Cataluña si el atacado es el President o algún Conseller. En el caso del Gobierno de Israel y los de los Territorios Palestinos (Hamás y la ANP) sucede algo semejante. Lo hemos visto estos días, con las manifestaciones a favor de los palestinos y las manifestaciones a favor de Israel. Voces indignadas acusaban de antisemita a todo aquel que cuestionaba o criticaba las acciones militares israelíes en la franja; o por el contrario tachaban de sionistas a quienes las defendían. Equiparar la actual política del gobierno israelí con el Estado de Israel o con el pueblo judío es un error de igual calibre que asumir que los fundamentalistas fanáticos de Hamás y el pueblo palestino sean la misma cosa. Criticar las acciones militares del ejército israelí en Gaza no implica en absoluto una crítica a los judíos ni a los israelíes como pueblo. Lo que ocurre es que los políticos y sus acólitos saben muy bien que aquí nos la cogemos con papel de fumar y que somos un país lleno de complejos donde lo políticamente correcto se ha convertido en el nuevo dios de la democracia. Pareciera que para poder hablar del tema hubiese que condenar con la misma vehemencia a Hamás, como si ambas partes tuviesen el mismo peso específico y la misma responsabilidad. Pero es que no es así, por mucho que quieran hacérnoslo ver de ese modo. No se pueden juzgar con la misma vara las acciones y las decisiones de un gobierno supuestamente democrático y las de un grupo terrorista del tipo que sea.
Nadie cuestiona el derecho del Gobierno de Israel a defender a sus ciudadanos de los ataques desde territorio palestino, ni el derecho de esos ciudadanos a que su gobierno los defienda (tampoco debería cuestionarse el derecho de los ciudadanos palestinos a que sus gobernantes hagan lo propio). Lo que se está cuestionando aquí son los métodos empleados. Que Hamás es un grupo terrorista lo sabemos todos. Que se han aprovechado de la miseria de su pueblo y de la ineptitud y la corrupción de la Autoridad Palestina para hacerse con el apoyo popular de los habitantes de la Franja de Gaza tampoco es cosa discutible. Pero ninguna de esas razones da derecho a un estado que se dice democrático y que presume de ser la única democracia estable en la zona para actuar como lo ha hecho. El Gobierno de Israel pierde así toda la legitimidad moral que pudiera asistirle para enarbolar la bandera del derecho a la autodefensa. La democracia tiene innumerables ventajas pero también tiene sus inconvenientes. Y uno de ellos es que para combatir el terrorismo el estado no puede usar las mismas tácticas que los terroristas.
Lo que el Gobierno de Israel ha estado haciendo en Gaza por medio de su ejército es lo que vulgarmente se llama matar moscas a cañonazos, con la salvedad, no precisamente insignificante, de que los muertos en este caso no son moscas sino personas. Se esgrime el argumento de que es Hamás quien usa a la propia población civil como escudos humanos y que los milicianos y dirigentes se ocultan en bloques de pisos para evitar ser detenidos. Y eso es cierto. Pero no es menos cierto que la solución a ese problema no puede ser bombardear el edificio y acabar así con la vida de niños, mujeres y hombres inocentes además de con los milicianos. Como tampoco es de recibo prohibir la entrada de ayuda humanitaria para la población civil o bombardear por “error” los depósitos de Naciones Unidas donde se guardaba lo poco que pudo llegar. Eso, se mire como se mire, se llama terrorismo de Estado.
Los estados democráticos están obligados a buscar otras vías para garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Todas las democracias del mundo sufren hoy día la amenaza del terrorismo dentro de su territorio, y algunas mucho más que la simple amenaza. En España sabemos bastante del tema. Para entender lo que digo basta con un sencillo ejercicio de imaginación, salvando las distancias. Basta imaginar al ejército español bombardeando los pueblos del país vasco donde hay alcaldes de ANV o disparando misiles desde un helicóptero al coche donde viaja un dirigente de ETA en cualquier carretera de Francia, llevándose por delante los coches que haga falta en el camino.
Lo más triste de todo es que esto no hace más que alimentar la espiral de violencia entre unos y otros. Para mi, además, es la prueba evidente de que el actual gobierno de Israel no quiere la paz bajo ningún concepto. Que Hamás tampoco la quiere es algo igual de evidente. Pero se supone que los demócratas somos los buenos de la película. O a lo mejor es que el día que lo explicaron yo no fui a clase.
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en Memorial de Isla Negra
Existe entre los políticos nacionalistas una costumbre muy extendida consistente en equiparar sus propios cargos públicos, personas o actividades políticas con el territorio que afirman defender o con su población. Así, cuando se critica al lehendakari enseguida saltan voces airadas que afirman que se está atacando a Euskadi o a Cataluña si el atacado es el President o algún Conseller. En el caso del Gobierno de Israel y los de los Territorios Palestinos (Hamás y la ANP) sucede algo semejante. Lo hemos visto estos días, con las manifestaciones a favor de los palestinos y las manifestaciones a favor de Israel. Voces indignadas acusaban de antisemita a todo aquel que cuestionaba o criticaba las acciones militares israelíes en la franja; o por el contrario tachaban de sionistas a quienes las defendían. Equiparar la actual política del gobierno israelí con el Estado de Israel o con el pueblo judío es un error de igual calibre que asumir que los fundamentalistas fanáticos de Hamás y el pueblo palestino sean la misma cosa. Criticar las acciones militares del ejército israelí en Gaza no implica en absoluto una crítica a los judíos ni a los israelíes como pueblo. Lo que ocurre es que los políticos y sus acólitos saben muy bien que aquí nos la cogemos con papel de fumar y que somos un país lleno de complejos donde lo políticamente correcto se ha convertido en el nuevo dios de la democracia. Pareciera que para poder hablar del tema hubiese que condenar con la misma vehemencia a Hamás, como si ambas partes tuviesen el mismo peso específico y la misma responsabilidad. Pero es que no es así, por mucho que quieran hacérnoslo ver de ese modo. No se pueden juzgar con la misma vara las acciones y las decisiones de un gobierno supuestamente democrático y las de un grupo terrorista del tipo que sea.
Nadie cuestiona el derecho del Gobierno de Israel a defender a sus ciudadanos de los ataques desde territorio palestino, ni el derecho de esos ciudadanos a que su gobierno los defienda (tampoco debería cuestionarse el derecho de los ciudadanos palestinos a que sus gobernantes hagan lo propio). Lo que se está cuestionando aquí son los métodos empleados. Que Hamás es un grupo terrorista lo sabemos todos. Que se han aprovechado de la miseria de su pueblo y de la ineptitud y la corrupción de la Autoridad Palestina para hacerse con el apoyo popular de los habitantes de la Franja de Gaza tampoco es cosa discutible. Pero ninguna de esas razones da derecho a un estado que se dice democrático y que presume de ser la única democracia estable en la zona para actuar como lo ha hecho. El Gobierno de Israel pierde así toda la legitimidad moral que pudiera asistirle para enarbolar la bandera del derecho a la autodefensa. La democracia tiene innumerables ventajas pero también tiene sus inconvenientes. Y uno de ellos es que para combatir el terrorismo el estado no puede usar las mismas tácticas que los terroristas.
Lo que el Gobierno de Israel ha estado haciendo en Gaza por medio de su ejército es lo que vulgarmente se llama matar moscas a cañonazos, con la salvedad, no precisamente insignificante, de que los muertos en este caso no son moscas sino personas. Se esgrime el argumento de que es Hamás quien usa a la propia población civil como escudos humanos y que los milicianos y dirigentes se ocultan en bloques de pisos para evitar ser detenidos. Y eso es cierto. Pero no es menos cierto que la solución a ese problema no puede ser bombardear el edificio y acabar así con la vida de niños, mujeres y hombres inocentes además de con los milicianos. Como tampoco es de recibo prohibir la entrada de ayuda humanitaria para la población civil o bombardear por “error” los depósitos de Naciones Unidas donde se guardaba lo poco que pudo llegar. Eso, se mire como se mire, se llama terrorismo de Estado.
Los estados democráticos están obligados a buscar otras vías para garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Todas las democracias del mundo sufren hoy día la amenaza del terrorismo dentro de su territorio, y algunas mucho más que la simple amenaza. En España sabemos bastante del tema. Para entender lo que digo basta con un sencillo ejercicio de imaginación, salvando las distancias. Basta imaginar al ejército español bombardeando los pueblos del país vasco donde hay alcaldes de ANV o disparando misiles desde un helicóptero al coche donde viaja un dirigente de ETA en cualquier carretera de Francia, llevándose por delante los coches que haga falta en el camino.
Lo más triste de todo es que esto no hace más que alimentar la espiral de violencia entre unos y otros. Para mi, además, es la prueba evidente de que el actual gobierno de Israel no quiere la paz bajo ningún concepto. Que Hamás tampoco la quiere es algo igual de evidente. Pero se supone que los demócratas somos los buenos de la película. O a lo mejor es que el día que lo explicaron yo no fui a clase.
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lunes, 12 de enero de 2009
Sobre derechos y deberes
Celadus
en Memorial de Isla Negra
Siempre me ha sorprendido ver en los centros sanitarios de la Junta de Andalucía los carteles informativos sobre los derechos y deberes de los pacientes o usuarios, como se les llama ahora: una larga lista de derechos (30) y una mínima lista de deberes (6). Derechos que todo el mundo exige cuando se tercia –cosa absolutamente normal y nada reprochable- y deberes que una gran mayoría parece desconocer o, simplemente, les importan un pijo. Deberes que incluyen, entre otros, el cuidado del material y el trato respetuoso hacia el personal que les atiende. Y esta desigualdad entre los platillos de la balanza no responde a otra razón más que la obsesión enfermiza de los cargos públicos por lo políticamente correcto, por quedar bien ante los electores, somos los más chachis, supermodernos, el cliente (y la clienta, faltaría más) siempre tiene la razón y toda esa monserga. Así que una parte nada desdeñable de la clientela se envalentona a menudo, sintiéndose respaldada por sus derechos del usuario y se pasa los deberes por el forro de la entrepierna, además de pasarse también varios pueblos. Nunca he visto a nadie montar un pitote por tener que esperar su turno en la cola del banco, o llamar a un funcionario de hacienda “chaval”, “quillo” o “muchacho” o a una funcionaria “muchacha” o directamente, “chocho”. Pero sí lo he visto a menudo en los hospitales al referirse al personal sanitario, especialmente a los que más tratan con paciente y familia, auxiliares y enfermeras.
En los servicios de urgencias la cosa es mucho más sangrante. A menudo se ha llegado incluso a la agresión física. La verbal es moneda corriente. Comprendo que la enfermedad suele ser muy jodida y que todo el mundo quiere que se le atienda de inmediato. Pero también es verdad que mucha gente acude a urgencias para evitar tener que esperar la cita en su ambulatorio o centro de salud y que, no contentos con saturar un servicio y recibir en unas horas las atenciones que por vía normal tardarían semanas, montan el espectáculo acusando al personal de vagos sin sentimientos, pasotas de pijama blanco que tratan a las personas como objetos. No saben, o no les importa, que ese personal esté sometido, además de la presión propia de la profesión, a unas condiciones de trabajo a menudo cercanas a la explotación, muchas veces con contratos basura, con bajas que no se cubren y que tienen que suplir los propios compañeros, y un sin fín de despropósitos que sería demasiado largo enumerar.
Por eso, a veces, el asunto toca fondo y pasa lo que pasa. Imaginad la escena. Servicio de urgencias de un hospital comarcal. Un cliente que lleva varias horas esperando, tras haber sido clasificado en función de la urgencia de su patología, comienza a montar el espectáculo a voz en grito, diciendo que a esto no hay derecho, que se le atienda de inmediato, entrando incluso en zona restringida y molestando, por cierto, con sus gritos al resto de los enfermos. El tipo, finalmente accede a la consulta del médico y allí continúa su monserga ante el facultativo: que si tengo derecho a esto y a aquello y rematando con la socorrida frase “porque a ti te pago yo con mis impuestos”.
Ernesto es médico de urgencias desde hace ya muchos años, arrastra ya las tablas suficientes como para que esta situación no sea nueva. La ha vivido ya otras tantas veces. De modo que Ernesto espera pacientemente a que el cliente acabe de despotricar. Entonces saca del cajón de su mesa una calculadora y aparenta hacer unas cuentas. Tras dejar la calculadora sobre la mesa, mira al cliente y sin perder la calma ni elevar la voz le responde:
- Usted me paga a mí exactamente veinte duros.
Ernesto saca de su bolsillo una moneda de cien pesetas y la pone sobre la mesa.
- Aquí los tiene usted – le dice sin perder la compostura y muy educadamente-. Y ahora, váyase a tomar por culo, que no me sale de los cojones atenderle.
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en Memorial de Isla Negra
Siempre me ha sorprendido ver en los centros sanitarios de la Junta de Andalucía los carteles informativos sobre los derechos y deberes de los pacientes o usuarios, como se les llama ahora: una larga lista de derechos (30) y una mínima lista de deberes (6). Derechos que todo el mundo exige cuando se tercia –cosa absolutamente normal y nada reprochable- y deberes que una gran mayoría parece desconocer o, simplemente, les importan un pijo. Deberes que incluyen, entre otros, el cuidado del material y el trato respetuoso hacia el personal que les atiende. Y esta desigualdad entre los platillos de la balanza no responde a otra razón más que la obsesión enfermiza de los cargos públicos por lo políticamente correcto, por quedar bien ante los electores, somos los más chachis, supermodernos, el cliente (y la clienta, faltaría más) siempre tiene la razón y toda esa monserga. Así que una parte nada desdeñable de la clientela se envalentona a menudo, sintiéndose respaldada por sus derechos del usuario y se pasa los deberes por el forro de la entrepierna, además de pasarse también varios pueblos. Nunca he visto a nadie montar un pitote por tener que esperar su turno en la cola del banco, o llamar a un funcionario de hacienda “chaval”, “quillo” o “muchacho” o a una funcionaria “muchacha” o directamente, “chocho”. Pero sí lo he visto a menudo en los hospitales al referirse al personal sanitario, especialmente a los que más tratan con paciente y familia, auxiliares y enfermeras.
En los servicios de urgencias la cosa es mucho más sangrante. A menudo se ha llegado incluso a la agresión física. La verbal es moneda corriente. Comprendo que la enfermedad suele ser muy jodida y que todo el mundo quiere que se le atienda de inmediato. Pero también es verdad que mucha gente acude a urgencias para evitar tener que esperar la cita en su ambulatorio o centro de salud y que, no contentos con saturar un servicio y recibir en unas horas las atenciones que por vía normal tardarían semanas, montan el espectáculo acusando al personal de vagos sin sentimientos, pasotas de pijama blanco que tratan a las personas como objetos. No saben, o no les importa, que ese personal esté sometido, además de la presión propia de la profesión, a unas condiciones de trabajo a menudo cercanas a la explotación, muchas veces con contratos basura, con bajas que no se cubren y que tienen que suplir los propios compañeros, y un sin fín de despropósitos que sería demasiado largo enumerar.
Por eso, a veces, el asunto toca fondo y pasa lo que pasa. Imaginad la escena. Servicio de urgencias de un hospital comarcal. Un cliente que lleva varias horas esperando, tras haber sido clasificado en función de la urgencia de su patología, comienza a montar el espectáculo a voz en grito, diciendo que a esto no hay derecho, que se le atienda de inmediato, entrando incluso en zona restringida y molestando, por cierto, con sus gritos al resto de los enfermos. El tipo, finalmente accede a la consulta del médico y allí continúa su monserga ante el facultativo: que si tengo derecho a esto y a aquello y rematando con la socorrida frase “porque a ti te pago yo con mis impuestos”.
Ernesto es médico de urgencias desde hace ya muchos años, arrastra ya las tablas suficientes como para que esta situación no sea nueva. La ha vivido ya otras tantas veces. De modo que Ernesto espera pacientemente a que el cliente acabe de despotricar. Entonces saca del cajón de su mesa una calculadora y aparenta hacer unas cuentas. Tras dejar la calculadora sobre la mesa, mira al cliente y sin perder la calma ni elevar la voz le responde:
- Usted me paga a mí exactamente veinte duros.
Ernesto saca de su bolsillo una moneda de cien pesetas y la pone sobre la mesa.
- Aquí los tiene usted – le dice sin perder la compostura y muy educadamente-. Y ahora, váyase a tomar por culo, que no me sale de los cojones atenderle.
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jueves, 8 de enero de 2009
¿Y yo qué pinto?
Celadus
en Memorial de Isla Negra
Nos cuenta Io en una entrada en su blog como se siente impotente ante lo que está ocurriendo en Gaza, su dolor, su rabia, su desesperanza por no poder hacer nada para que quienes podrían parar la agresión la paren.
Cuando era más joven soñaba con poder cambiar el mundo. Después, los años y la vida me enseñaron que solo podemos cambiarnos a nosotros mismos –que no es poco trabajo- pero que eso, a su vez, cambia el mundo, aunque sea a pequeña escala. Yo también me preguntaba ¿hasta cuando vamos a aguantar? ¿Cuándo vamos a reaccionar? Pensaba en la necesaria acción común, en masas que se echaban a la calle para pedir justicia y paz. Hasta que comprendí que yo no tengo poder sobre las masas, ni necesito tenerlo. Yo debo actuar cuando pienso que es necesario actuar, independientemente de que otros me sigan o hagan lo mismo. Si otros se unen a la acción que emprendo y considero justa, bienvenidos sean, podremos hacer más. Pero esa es una decisión que no me atañe a mi sino a cada uno y que por tanto no está en mi mano. De modo que la (s) pregunta (s) sería (n): ¿hasta cuando voy a aguantar sin actuar –más que sin reaccionar-?
¿Hasta donde me importa lo que está pasando en el mundo y hasta donde estoy dispuesto a comprometerme? ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar por lo que creo justo? Esas son las preguntas que yo me hago, OJO, que YO me hago, lo cual no quiere decir que otros deban hacerse las mismas. Cada cual es libre de cuestionarse lo que el cuerpo le pida y tan legítimas son las preguntas de unos como las de otros.
Respecto a qué pintamos nosotros en todo esto o, dicho de otro modo, que podemos hacer personalmente para solucionar esta y otras situaciones vergonzosas que ocurren en el mundo, pues cada uno deberá buscar sus recetas. Yo tengo las mías, que paso a relatar por si a alguien les pudiesen servir. Yo no puedo evitar las muertes causadas por conflictos como el de Gaza o por crisis más enquistadas aún en otras partes del mundo –hambrunas, desnutrición crónica, desastres naturales, enfermedades olvidadas, conflictos armados que a nadie le importan y que nadie conoce- pero si puedo colaborar a que quienes trabajan sobre el terreno para ayudar a las víctimas tengan más facilidades. En mi caso opté hace ya tiempo por colaborar económicamente con Médicos sin Fronteras (hay otras muchas organizaciones pero quizá por deformación profesional escogí esta). Existen otras organizaciones de reconocido prestigio y seriedad con las cuales uno puede colaborar, económicamente o dedicándole su tiempo para ayudar a difundir lo que hacen y ayudar a captar socios, dando a conocer lo que haces entre tus amigos, conocidos y familiares, invitándoles a que también ellos den el paso.
De ese modo uno nunca sabe que persona, qué padre, qué hijo, qué madre o abuelo va a recibir la ayuda que nadie más le prestará, pero sí sabe que su aportación y su esfuerzo está salvando vidas y ayudando a que otras personas sufran menos de lo que sufrirían sin ella. Y eso, para mi, ya es cambiar el mundo. Desde luego cambia el mundo de quienes reciben nuestra ayuda.
Desde arriba nadie va a promover el cambio. El sistema que crea los problemas no va a aportar la solución. Desde luego se puede salir a la calle –y se debe- a exigir un cambio de política pero en tanto no seamos muchos no hay que quedarse de brazos cruzados. Por poco que hagamos siempre será menos que nada y salvar la vida de una sola persona ya es mucho. Protestar, indignarnos y sentir rabia es humano y hasta lógico. Expresarla también. Pero si nos quedamos solo en la queja, poco ayudamos a las víctimas. Vale más actuar en la medida de nuestras posibilidades. Averiguar realmente qué pintamos aquí cada uno de nosotros y mientras nos quede pintura, tratar de que el cuadro tenga un poco más de color.
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en Memorial de Isla Negra
Nos cuenta Io en una entrada en su blog como se siente impotente ante lo que está ocurriendo en Gaza, su dolor, su rabia, su desesperanza por no poder hacer nada para que quienes podrían parar la agresión la paren.
Cuando era más joven soñaba con poder cambiar el mundo. Después, los años y la vida me enseñaron que solo podemos cambiarnos a nosotros mismos –que no es poco trabajo- pero que eso, a su vez, cambia el mundo, aunque sea a pequeña escala. Yo también me preguntaba ¿hasta cuando vamos a aguantar? ¿Cuándo vamos a reaccionar? Pensaba en la necesaria acción común, en masas que se echaban a la calle para pedir justicia y paz. Hasta que comprendí que yo no tengo poder sobre las masas, ni necesito tenerlo. Yo debo actuar cuando pienso que es necesario actuar, independientemente de que otros me sigan o hagan lo mismo. Si otros se unen a la acción que emprendo y considero justa, bienvenidos sean, podremos hacer más. Pero esa es una decisión que no me atañe a mi sino a cada uno y que por tanto no está en mi mano. De modo que la (s) pregunta (s) sería (n): ¿hasta cuando voy a aguantar sin actuar –más que sin reaccionar-?
¿Hasta donde me importa lo que está pasando en el mundo y hasta donde estoy dispuesto a comprometerme? ¿Qué estoy dispuesto a sacrificar por lo que creo justo? Esas son las preguntas que yo me hago, OJO, que YO me hago, lo cual no quiere decir que otros deban hacerse las mismas. Cada cual es libre de cuestionarse lo que el cuerpo le pida y tan legítimas son las preguntas de unos como las de otros.
Respecto a qué pintamos nosotros en todo esto o, dicho de otro modo, que podemos hacer personalmente para solucionar esta y otras situaciones vergonzosas que ocurren en el mundo, pues cada uno deberá buscar sus recetas. Yo tengo las mías, que paso a relatar por si a alguien les pudiesen servir. Yo no puedo evitar las muertes causadas por conflictos como el de Gaza o por crisis más enquistadas aún en otras partes del mundo –hambrunas, desnutrición crónica, desastres naturales, enfermedades olvidadas, conflictos armados que a nadie le importan y que nadie conoce- pero si puedo colaborar a que quienes trabajan sobre el terreno para ayudar a las víctimas tengan más facilidades. En mi caso opté hace ya tiempo por colaborar económicamente con Médicos sin Fronteras (hay otras muchas organizaciones pero quizá por deformación profesional escogí esta). Existen otras organizaciones de reconocido prestigio y seriedad con las cuales uno puede colaborar, económicamente o dedicándole su tiempo para ayudar a difundir lo que hacen y ayudar a captar socios, dando a conocer lo que haces entre tus amigos, conocidos y familiares, invitándoles a que también ellos den el paso.
De ese modo uno nunca sabe que persona, qué padre, qué hijo, qué madre o abuelo va a recibir la ayuda que nadie más le prestará, pero sí sabe que su aportación y su esfuerzo está salvando vidas y ayudando a que otras personas sufran menos de lo que sufrirían sin ella. Y eso, para mi, ya es cambiar el mundo. Desde luego cambia el mundo de quienes reciben nuestra ayuda.
Desde arriba nadie va a promover el cambio. El sistema que crea los problemas no va a aportar la solución. Desde luego se puede salir a la calle –y se debe- a exigir un cambio de política pero en tanto no seamos muchos no hay que quedarse de brazos cruzados. Por poco que hagamos siempre será menos que nada y salvar la vida de una sola persona ya es mucho. Protestar, indignarnos y sentir rabia es humano y hasta lógico. Expresarla también. Pero si nos quedamos solo en la queja, poco ayudamos a las víctimas. Vale más actuar en la medida de nuestras posibilidades. Averiguar realmente qué pintamos aquí cada uno de nosotros y mientras nos quede pintura, tratar de que el cuadro tenga un poco más de color.
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