Rogorn
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Adam Smith, el fundador de la economía clásica, decía: “Nadie ha visto nunca a un perro hacer un intercambio justo y deliberado de un hueso por otro con otro perro. Nadie ha visto nunca a un animal comportándose con sus gestos de una forma que signifique: “Esto es mío, eso es tuyo, y estoy dispuesto a darte esto a cambio de eso.” ”
Smith, pues, estaba seguro de que sólo el ser humano tenía la peculiaridad del intercambio monetario. ¿Estaba en lo cierto? Un profesor de económicas de Yale, Keith Chen, probó a ver qué pasaría su pudiera enseñar a un grupo de monos a usar dinero. La especie elegida fue los monos capuchinos, que según Chen tienen un pequeño cerebro enfocado sobre todo a comer y reproducirse. Metió a siete de ellos en una jaula abierta con un espacio de pruebas en un extremo y empezó sus experimentos con pequeños discos plateados de apenas dos o tres centímetros con un agujerito en el medio.
Lo primero era enseñar a los monos que aquellos objetos tenían valor. Normalmente, un mono capuchino, si algo no se lo puede comer o follar, lo olisquea un poco y pasa de ello olímpicamente. Así que Chen y sus colegas les daban una moneda y les enseñaban una golosina, como por ejemplo cubitos de gelatina, uvas o trozos de manzana. A aquellos que devolvían la moneda, por juego, por curiosidad, por azar o por lo que fuera, les daban la golosina. Los monos, poco a poco, fueron estableciendo la conexión entre ambas cosas, dar una moneda y recibir comida a cambio, con lo cual aprendieron, por así decir, a comprar.
Entonces, Chen introdujo una complicación: crisis económicas. Por ejemplo, si los monos estaban acostumbrados a recibir tres cubitos o uvas por cada moneda, ¿qué pasaría si de pronto empezaran a darles sólo dos, y luego tres otra vez, y luego dos de nuevo, etc? Para gran sorpresa de Chen, los monos respondieron racionalmente. Cuando por cada moneda recibían menos comida, compraban menos, y cuando empezaban a darles más comida compraban más. Aprendieron, por así decir, la ley de la oferta y la demanda.
Un día, uno de los monos, Felix, se metió en la zona de pruebas, agarró las monedas que los investigadores habían dejado allí, las arrojó hacia la jaula y salió corriendo de nuevo. Aprendió, por así decir, a asaltar un banco, y a robar a los ricos para dárselo a los pobres.
Siguió un gran caos en la jaula, con doce monedas perseguidas por los siete monos. Los investigadores fueron a recoger las monedas, pero los monos no se las querían dar. Habían aprendido, por así decir, que la pela es la pela.
Entonces, los humanos los sobornaron ofreciéndoles golosinas para recuperar las monedas, con lo cual los monos aprendieron, por así decir, que el crimen compensa.
Uno de los monos no devolvió la moneda ni compró nada con ella. En vez de eso se la entregó a un mono hembra, o sea, una mona. Los humanos ahora habían aprendido, por así decir, que los monos podían ser generosos y altruistas.
Pues de eso nada, monada (je). Tan pronto como la mona recibió la moneda, dejó que el mono se le subiera encima y copulara con ella. Ocho segundos después (al fin y al cabo, son monos), la mona fue hacia Chen con su moneda para comprar unas uvas. Ambos grupos de primates habían asistido, por así decir, al primer ejemplo de prostitución mono-taria registrado en la historia de la ciencia.
(Del libro 'Freakonomics', de Steven D Levitt y Stephen J Dubner)
Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. O de aquellos polvos, estos lodos.
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